miércoles, 31 de agosto de 2011
RECORDANDO A CONSUELO GARCÍA LARROSA
RECORDANDO A CONSU
Se me nublan los sentidos
cuando miro atrás y veo
varias niñas paseando,
por el mundo de los sueños,
varias niñas riopenses
que se cuentan sus anhelos.
Ana, Alicia, Rosario, Consuelo…
Consuelo, amiga…Tu esencia invade mi pensamiento.
Tus ojos eran poesía enamorada del viento
y tu cara una estrella que calentaba en invierno.
Tu sonrisa era infinita, cariñosa y de aliento,
y tu piel era suave, muy blanca de terciopelo.
Un día gris de enero
sucumbiste al silencio más perfecto,
dejaste tu maleta colmada de ilusiones,
y te fuiste mar adentro.
Pararon los carillones,
y la tierra, para ti, se quedó sin movimiento.
Enmudecieron
los lápices del colegio aquella tarde,
cuando la “dama de negro”, desolada, fue a buscarte.
Tú,
bien lo sabes.
A las once de la noche
se callaron las campanas y sonaron los timbales.
Un 18 de enero. Pronto para ti fue tarde.
Se rompieron las palabras
y los números,
inanes,
se durmieron en las mesas de los niños de tu clase.
Tú que eras
la esperanza vestida de paciencia,
la bondad vestida de ilusión,
la alegría vestida de elocuencia,
y la constancia vestida de atención.
Hoy moras en los jardines del recuerdo,
caminas por parterres de ascensión,
brillas con la luz del firmamento,
y te bañas
en el bálsamo de la diosa del amor.
Los alumnos de ti cantan elogios;
a tu arrullo su afecto siempre dan,
esos críos que aprendieron a leer
con su maestra, para ellos inmortal,
Consu, amiga.
No puedo decirte adiós,
pues no te has ido del todo,
en cada riopense has dejado
un trocito de ti en nuestro corazón.
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CERTAMEN LITERARIO RIÓPAR 2011
martes, 30 de agosto de 2011
¡DE DÓNDE SOY?
¿De dónde soy, Señora Concejala de Cultura de Riópar?
Toda la vida pensé que era de Riópar porque allí están enterrados todos mis antepasados, incluído mi padre, allí nacieron varios hermanos, allí vive mi madre y dos de elos, allí pasé mi infancia, mi adolescencia, mi juventud; allí tengo mi casa, allí sigo yendo con frecuencia, allí paso mis vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Pues NO, NO SOY DE RIÓPAR, o al menos así lo han considerado el alcalde de este pueblo y su concejala de cultura. El acto de nacer no fue en Riópar. Mi madre se fue a dar a luz a casa de mi abuela, y como ésta vivía en Bogarra... pues yo nací en Bogarra. Hace muchos años, todos los que tengo, obligatoriamente había que inscribir a los niños en el lugar donde nacían. Ahora pueden inscribirlos donde quieran los padres pues, si no fuera así, como sucedió, todos eran de Albacete, ya que de todos los pueblos iban a dar a luz al único hospital que existía de la capital. Volviendo a mí, a la semana de vida mi madre me llevó a la casa familiar de Riópar y de este pueblo es de dónde yo tengo todas mis referencias y mis señas de identidad. He de decir que Riópar es un pueblo pequeño de la sierra con apenas 1200 habitantes, contando a los de las pedanías. Por supuesto nos conocemos todos y a varias generaciones de cada familia. La señora Concejala de Cultura ¿Puede decir lo mismo?
Al comentar esto con el Alcalde, por este mismo medio, el 11 de agosto , y viendo que las bases del certamen literario no eran las correctas para un pueblo de tan pocos habitantes, me dio esta respuesta:
"Efectivamente, por eso aunque haya gente que en su partida de nacimiento aparezca otro lugar, se considerara de Riopar, aun así es un buen punto de vista para modificar y mejorar las bases, un abrazo"
¿Dónde está la palabra de este señor, por ende abogado,? He participado en un certamen local de Riópar y a la vez que me han premiado el trabajo, me han quitado el premio, por no ser de allí, según consta en el papel que me han entregado. He de decir que desde hace año y medio, por problemas de salud he tenido que empadronarme en otro lugar, pero esto no quita para seguir siendo de Riópar. LA PALABRA, AÚN ESCRITA, PARA ALGUNOS, NO TIENE VALOR
Tienes poca palabra, Javi. Si lees la contestación que me diste a la observación que te hice, respecto al certamen, verás como te contradices. Fue el 11 de agosto. Evidentemente las bases, en el premio local, cerraba la posibilidad de concursar a los que verdaderamente estamos vinculados a Riópar. Cualquier persona que se empadronase el día 7 de agosto tenía la posibilidad de concursar, en contra de los que hemos vivido allí toda la vida y tenemos a Riópar como nuestras señas de identidad.
Me habeis hecho mucho daño al no reconocer vuestro propio error al redactarlas bases y negarme mis señas de identidad. Por si te sirve mi experiencia en estos tema, y como crítica constructiva, te dire que en las bases tendría que haber puesto: "El premio local queda reservado a autores naturales, residentes , que hayan residido o estén vinculados a Riópar". Un saludo
Toda la vida pensé que era de Riópar porque allí están enterrados todos mis antepasados, incluído mi padre, allí nacieron varios hermanos, allí vive mi madre y dos de elos, allí pasé mi infancia, mi adolescencia, mi juventud; allí tengo mi casa, allí sigo yendo con frecuencia, allí paso mis vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Pues NO, NO SOY DE RIÓPAR, o al menos así lo han considerado el alcalde de este pueblo y su concejala de cultura. El acto de nacer no fue en Riópar. Mi madre se fue a dar a luz a casa de mi abuela, y como ésta vivía en Bogarra... pues yo nací en Bogarra. Hace muchos años, todos los que tengo, obligatoriamente había que inscribir a los niños en el lugar donde nacían. Ahora pueden inscribirlos donde quieran los padres pues, si no fuera así, como sucedió, todos eran de Albacete, ya que de todos los pueblos iban a dar a luz al único hospital que existía de la capital. Volviendo a mí, a la semana de vida mi madre me llevó a la casa familiar de Riópar y de este pueblo es de dónde yo tengo todas mis referencias y mis señas de identidad. He de decir que Riópar es un pueblo pequeño de la sierra con apenas 1200 habitantes, contando a los de las pedanías. Por supuesto nos conocemos todos y a varias generaciones de cada familia. La señora Concejala de Cultura ¿Puede decir lo mismo?
Al comentar esto con el Alcalde, por este mismo medio, el 11 de agosto , y viendo que las bases del certamen literario no eran las correctas para un pueblo de tan pocos habitantes, me dio esta respuesta:
"Efectivamente, por eso aunque haya gente que en su partida de nacimiento aparezca otro lugar, se considerara de Riopar, aun así es un buen punto de vista para modificar y mejorar las bases, un abrazo"
¿Dónde está la palabra de este señor, por ende abogado,? He participado en un certamen local de Riópar y a la vez que me han premiado el trabajo, me han quitado el premio, por no ser de allí, según consta en el papel que me han entregado. He de decir que desde hace año y medio, por problemas de salud he tenido que empadronarme en otro lugar, pero esto no quita para seguir siendo de Riópar. LA PALABRA, AÚN ESCRITA, PARA ALGUNOS, NO TIENE VALOR
Tienes poca palabra, Javi. Si lees la contestación que me diste a la observación que te hice, respecto al certamen, verás como te contradices. Fue el 11 de agosto. Evidentemente las bases, en el premio local, cerraba la posibilidad de concursar a los que verdaderamente estamos vinculados a Riópar. Cualquier persona que se empadronase el día 7 de agosto tenía la posibilidad de concursar, en contra de los que hemos vivido allí toda la vida y tenemos a Riópar como nuestras señas de identidad.
Me habeis hecho mucho daño al no reconocer vuestro propio error al redactarlas bases y negarme mis señas de identidad. Por si te sirve mi experiencia en estos tema, y como crítica constructiva, te dire que en las bases tendría que haber puesto: "El premio local queda reservado a autores naturales, residentes , que hayan residido o estén vinculados a Riópar". Un saludo
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CERTAMEN LITERARIO RIÓPAR 2011
viernes, 11 de febrero de 2011
NOS DEJÓ CONSUELO EL18/1/11
En el silencio de la desesperanza lloramos tu ausencia. La impotencia por retenerte es nuestra espada
domingo, 20 de junio de 2010
ELLA NO ESTÁ SOLA
ELLA NO ESTÁ SOLA
Albert Einstein
“El amor por la fuerza nada vale, la fuerza sin amor es energía gastada en vano”.
De una pequeña casa de la calle Huertas salió un hombre pálido a las seis de la tarde, por un momento fantasma andante, hasta que la luz tenue de la última hora del atardecer derrotó ese aspecto funesto que caracteriza la agonizante fatiga de una jornada de trabajo. La cara, macilenta y amarga, consumida por el cansancio y la pesadumbre, se le hundía en un mostacho medio cano y mal trazado. Las manos le caían aleteantes y flojas. Era invierno; a esa hora Riópar está en penumbra. La oscuridad baja pronto desde las montañas que la rodean. De las casas salían olores pardos de grasas y de especias que se unían en el cielo con el humo de las chimeneas. Pucheros cociendo al amor de la lumbre desprendían vapores dulzones, esperando a los hombres para la cena. En el lado opuesto del pueblo, caminaba lentamente Gerardo Pérez, el cabrero, dejando cada animal con su amo. Recogía las cabras a las ocho de la mañana y las conducía al Coto para que pacieran. Todos los días regresaba al pueblo a las seis en punto de la tarde, cuando tocaba la sirena de la fábrica y lo obreros empezaban su jornada de descanso, o de cambio de trabajo, porque todos los trabajadores de la Industrial tenían un huerto para autoabastecerse de productos hortícolas, una ayuda que paternalmente les concedían los dueños de la misma, un apoyo a la escasa economía familiar.
Las calles, empedradas, delataban pequeñas obras de infraestructura. A lo largo de ellas habían abierto zanjas para instalar la red de alcantarillado. Los polvorientos escaparates casi vacíos de las tiendas evidenciaban la restricción económica de la España profunda de los años sesenta. Cerca de la Plaza, tan sólo un comercio lucía levemente un panel de neón parpadeante en el que se podía deletrear: “Joyería Rubí”. En el lateral derecho de la puerta brillaba una placa de latón, grabada por Crisantos, en ella se informaba textualmente: “Si no puedes pagar, no entres. Aquí no fiamos. Gracias amigo.
Honorio, un detective hellinero, casado y afincado en Riópar, bajaba pausado por la Travesía de Los Plátanos, siguió por el Paseo de los Plátanos y giró por la calle Valencia. A la altura de la joyería se paró a observar a los viandantes; con cautela se acercó al hueco acristalado para escudriñar su interior; había un señor solo. Entró. Era el dueño, quien con parcas palabras le entregó un sobre. Honorio lo abrió con dilatada parsimonia y con un gesto de cabeza asintió. Salió del comercio apresurado.
Al llegar a su casa, el investigador se remoloneó en un sillón con un vaso de whisky en la mano. El whisky y los puros habanos eran sus dos pasiones. La mujer y su profesión eran sólo monotonía y desazón. El trabajo, más que satisfacción, le traía distanciamiento con sus paisanos; a la mujer no podía darle todo lo que se merecía. No la pudo llevar de viaje de novios a Tus; en doce años de matrimonio tampoco la había podido llevar ningún verano de vacaciones. Ella quería conocer Benidorm; con este fin trabajaba en la fábrica en la sección embalaje. Sólo había podido regalarle un abrigo sintético, imitación a visón, hacía dos años y aún estaba pagándolo a plazos.
Bebió un trago, dio una calada al habano, y al exhalar una columna de humo blanco maloliente que se alzaba hasta el techo, sus ojos sanguinolentos giraron y se perdieron mirando el sobre que le había entregado el joyero. Su imaginación voló a la velocidad del rayo hacia el verano. Si el resultado de su trabajo era convincente, con el dinero que recibiera del joyero podría terminar de pagar el abrigo y llevar a su mujer de vacaciones; incluso podrían salir del polvo, del olor a metal y de la rutina de Riópar y trasladarsen a vivir a otro lugar. No quería dormirse ni distraerse de esos pensamientos; quería ver cuajados esos propósitos, ennoblecer esos sentimientos de progreso que lo envolvían; tenía que poner los cinco sentidos para lograr la eficacia que el trabajo requería.
Madrugó. Quería comenzar a investigar a la joyera cuanto antes. Era sábado. La mañana despertó gélida y soleada. La ausencia de niebla le garantizaba poder seguirla con más comodidad y de largo. Con paso rápido, su instinto lo llevó hacia el bar de Manolo; la ubicación de éste, chaflán calle Valencia – Pº de los Plátanos, le permitía ver a la señora cuando saliera de su casa y saber qué dirección tomaba. Pidió un “tewi doble” (té con whisky). Como siempre que pedía esta consumición, el camarero, Manolo, relajó la boca con una sonrisa amplia y le dijo:
- Esto sí que es amor al elixir. Pronto empiezas a besarlo.
Por el rabillo del ojo percibió la salida de la joyera. Apuró el vaso de un trago; pagó y se colocó en la puerta, dispuesto a observar los movimientos de la investigada.
Había seguido a la consorte toda la mañana y ésta no había perpetrado nada que llamara su atención: entrar en la carnicería de Valentín y salir con una bolsa, entrar en la panadería de Luciano y salir con pan, entrar al estanco (donde no sólo venden tabaco sino también de casi todo lo que pidas) y salir con varias bolsas. En la Cruz de los Caídos se encontró con unas amigas, tan coquetas y repipis como ella. Con el periódico tapándose la cara se aproximó a ellas. A duras penas escuchó que quedaban a tomar café y pasteles después de comer en el bar de Manolo, mientras sus maridos echaban la partida. Por su ubicación fisgona, era el café más visitado del pueblo.
Ningún comportamiento justificaba los celos del marido.
Ante tanta naturalidad y orden, a Honorio se le languidecieron todos los anhelos que había proyectado la noche anterior. Intensificado por la claridad del día, con gesto de aflicción, el desaliento se le extendió desde los brazos hasta los hombros y se le bajó por arterias y venas hasta los pies, en una sacudida convulsiva y feroz. Pero, aunque sus quimeras habían caído en la sima más profunda de su alma, tenía que reponerse de su fiasco y continuar la exploración de los hábitos de la dama.
Con expresión conspiradora, a las tres de la tarde llegó a la plaza de Luis Escudero y se sentó en un banco, ocultando su figura tras la enyesada baranda blanca que rodeaba la plaza. Ningún transeúnte lo vería, pero él tenía a la vista la puerta de joyero y la del bar. Rascó una cerilla en el banco y encendió un habano. ¡Cómo echaba de menos un whisky! Enseguida vio entrar en el establecimiento a varias señoras, entre ellas la joyera. No sabía de qué hablaban, pero los gestos, el movimiento de las manos y las risas señalaban el grado de complicidad de las amigas y el júbilo del momento.
A las dieciséis cuarenta y cinco salieron; cariñosamente se besaron y se despidieron hasta el día siguiente.
Inesperadamente algo rompió su razonamiento: giraba por la calle del Pilar. Desde un ángulo de la plaza la vio meterse en el Cine Arias. Se quedó sorprendido. En ese momento no sabía qué evento había allí. El local era utilizado por lo jóvenes para representaciones teatrales, por los escolares, dirigidos por el profesor D. Juan Pedro García Larrosa, para actos culturales, y por el dueño del cine, D. Emiliano Valdelvira, quien, ayudado por sus tres hijos, realizaba proyecciones cinematográficas. La siguió, confiando que este fuera el desliz que esperaba. Oscuro y de poco público, el cine se prestaba a ser el nido gozoso de los supuestos enamorados. Se fijó en la cartelera: cine de terror:”Psicosis”. Su “humanismo fatalista,” le hizo blasfemar. Aspiró la última calada, apagó la colilla y pasó al cine. Había poca gente. Ya estaban poniendo el Nodo: Franco inaugurando un pantano. La penumbra le hacía titubear, hasta que distinguió, entre los destellos rojos de la pantalla, la silueta de la joyera. Estaba sola, relajada en la butaca de una fila central, de los números pares. Se situó en la última fila del cine, en los números impares.
Comenzó la película. El poder de sugestión de la música le hacía estremecerse; las imágenes le provocaban disgusto, repugnancia, pavor. En la historia todo era inquietante. Desde el mismísimo comienzo se iba dando a entender que algo horrible va a suceder. La voz en off, los primeros planos del dinero y del ojo de Norman, la caída de Arbogast... le horrorizaron. Empezó a bostezar. Sus manos se agitaban como perros asustados ante el ruido de un rayo. No podía fumar, no podía beber. Se le escapó un suspiro de conmiseración hacia él mismo. La espera de los 109 minutos que duraba la película era insoportable. Ella seguía sola. Se le cerraban los ojos de abatimiento y desasosiego.
Debió de dar alguna cabezada en el transcurso de la película, porque al escuchar un grito desgarrado y agudo, miró hacia el lugar en el que estaba sentada la joyera y contempló, absorto, que la señora no estaba sola. Había alguien a su lado. La penumbra era densa y no conseguía ver demasiado. Sólo distinguió que era alguien más alto que ella y que llevaba el cabello corto. No era necesario ver sus semblantes para adivinar la fascinación que sentían. Sus besos apasionados, profundos y largos evidencian la concupiscencia entre ambos. Se mantenían unidos,sin dejar de hacerse caricias. Cuando no lo besaba ella, el hombro de él era la almohada sobre la que ella reposaba la cabeza. Otras veces él estrechaba con su brazo los hombros de ella. No había dudas: él era el dueño de su corazón y de su cama.
Faltaba poco para terminar la película. Decidió esperar fuera. Frente a la puerta del cine había una calle estrecha, sin salida – la travesía del Pilar -. Se escondió allí para pasar inadvertido. Sacó la máquina del bolsillo de la chaqueta. Esa misma noche se pondría a averiguar la identidad del amante. Se congratuló por la eficiencia de su coraje. Cuando llegara a su casa le hablaría a su mujer de los planes que tenía para cuando recibiera el nutrido cheque.
Ya salían, cogidos de la mano, ensimismados, alegres, compartiendo caricias. Se aproximó a la pared para confundirse en la oscuridad y sacar las fotos, que serían el billete para su progreso. Circunscribió la imagen. Fue a disparar y… abatido se desplomó. El universo estalló en su cabeza. La sangre se acumulaba en el estómago. Una niebla densa le turbaba la vista. Estaba mareado. Sentía ganar de vomitar. No podía ser. Estaban besándose ante sus ojos la joyera y su amante, Nela ¡su mujer!
Albert Einstein
“El amor por la fuerza nada vale, la fuerza sin amor es energía gastada en vano”.
De una pequeña casa de la calle Huertas salió un hombre pálido a las seis de la tarde, por un momento fantasma andante, hasta que la luz tenue de la última hora del atardecer derrotó ese aspecto funesto que caracteriza la agonizante fatiga de una jornada de trabajo. La cara, macilenta y amarga, consumida por el cansancio y la pesadumbre, se le hundía en un mostacho medio cano y mal trazado. Las manos le caían aleteantes y flojas. Era invierno; a esa hora Riópar está en penumbra. La oscuridad baja pronto desde las montañas que la rodean. De las casas salían olores pardos de grasas y de especias que se unían en el cielo con el humo de las chimeneas. Pucheros cociendo al amor de la lumbre desprendían vapores dulzones, esperando a los hombres para la cena. En el lado opuesto del pueblo, caminaba lentamente Gerardo Pérez, el cabrero, dejando cada animal con su amo. Recogía las cabras a las ocho de la mañana y las conducía al Coto para que pacieran. Todos los días regresaba al pueblo a las seis en punto de la tarde, cuando tocaba la sirena de la fábrica y lo obreros empezaban su jornada de descanso, o de cambio de trabajo, porque todos los trabajadores de la Industrial tenían un huerto para autoabastecerse de productos hortícolas, una ayuda que paternalmente les concedían los dueños de la misma, un apoyo a la escasa economía familiar.
Las calles, empedradas, delataban pequeñas obras de infraestructura. A lo largo de ellas habían abierto zanjas para instalar la red de alcantarillado. Los polvorientos escaparates casi vacíos de las tiendas evidenciaban la restricción económica de la España profunda de los años sesenta. Cerca de la Plaza, tan sólo un comercio lucía levemente un panel de neón parpadeante en el que se podía deletrear: “Joyería Rubí”. En el lateral derecho de la puerta brillaba una placa de latón, grabada por Crisantos, en ella se informaba textualmente: “Si no puedes pagar, no entres. Aquí no fiamos. Gracias amigo.
Honorio, un detective hellinero, casado y afincado en Riópar, bajaba pausado por la Travesía de Los Plátanos, siguió por el Paseo de los Plátanos y giró por la calle Valencia. A la altura de la joyería se paró a observar a los viandantes; con cautela se acercó al hueco acristalado para escudriñar su interior; había un señor solo. Entró. Era el dueño, quien con parcas palabras le entregó un sobre. Honorio lo abrió con dilatada parsimonia y con un gesto de cabeza asintió. Salió del comercio apresurado.
Al llegar a su casa, el investigador se remoloneó en un sillón con un vaso de whisky en la mano. El whisky y los puros habanos eran sus dos pasiones. La mujer y su profesión eran sólo monotonía y desazón. El trabajo, más que satisfacción, le traía distanciamiento con sus paisanos; a la mujer no podía darle todo lo que se merecía. No la pudo llevar de viaje de novios a Tus; en doce años de matrimonio tampoco la había podido llevar ningún verano de vacaciones. Ella quería conocer Benidorm; con este fin trabajaba en la fábrica en la sección embalaje. Sólo había podido regalarle un abrigo sintético, imitación a visón, hacía dos años y aún estaba pagándolo a plazos.
Bebió un trago, dio una calada al habano, y al exhalar una columna de humo blanco maloliente que se alzaba hasta el techo, sus ojos sanguinolentos giraron y se perdieron mirando el sobre que le había entregado el joyero. Su imaginación voló a la velocidad del rayo hacia el verano. Si el resultado de su trabajo era convincente, con el dinero que recibiera del joyero podría terminar de pagar el abrigo y llevar a su mujer de vacaciones; incluso podrían salir del polvo, del olor a metal y de la rutina de Riópar y trasladarsen a vivir a otro lugar. No quería dormirse ni distraerse de esos pensamientos; quería ver cuajados esos propósitos, ennoblecer esos sentimientos de progreso que lo envolvían; tenía que poner los cinco sentidos para lograr la eficacia que el trabajo requería.
Madrugó. Quería comenzar a investigar a la joyera cuanto antes. Era sábado. La mañana despertó gélida y soleada. La ausencia de niebla le garantizaba poder seguirla con más comodidad y de largo. Con paso rápido, su instinto lo llevó hacia el bar de Manolo; la ubicación de éste, chaflán calle Valencia – Pº de los Plátanos, le permitía ver a la señora cuando saliera de su casa y saber qué dirección tomaba. Pidió un “tewi doble” (té con whisky). Como siempre que pedía esta consumición, el camarero, Manolo, relajó la boca con una sonrisa amplia y le dijo:
- Esto sí que es amor al elixir. Pronto empiezas a besarlo.
Por el rabillo del ojo percibió la salida de la joyera. Apuró el vaso de un trago; pagó y se colocó en la puerta, dispuesto a observar los movimientos de la investigada.
Había seguido a la consorte toda la mañana y ésta no había perpetrado nada que llamara su atención: entrar en la carnicería de Valentín y salir con una bolsa, entrar en la panadería de Luciano y salir con pan, entrar al estanco (donde no sólo venden tabaco sino también de casi todo lo que pidas) y salir con varias bolsas. En la Cruz de los Caídos se encontró con unas amigas, tan coquetas y repipis como ella. Con el periódico tapándose la cara se aproximó a ellas. A duras penas escuchó que quedaban a tomar café y pasteles después de comer en el bar de Manolo, mientras sus maridos echaban la partida. Por su ubicación fisgona, era el café más visitado del pueblo.
Ningún comportamiento justificaba los celos del marido.
Ante tanta naturalidad y orden, a Honorio se le languidecieron todos los anhelos que había proyectado la noche anterior. Intensificado por la claridad del día, con gesto de aflicción, el desaliento se le extendió desde los brazos hasta los hombros y se le bajó por arterias y venas hasta los pies, en una sacudida convulsiva y feroz. Pero, aunque sus quimeras habían caído en la sima más profunda de su alma, tenía que reponerse de su fiasco y continuar la exploración de los hábitos de la dama.
Con expresión conspiradora, a las tres de la tarde llegó a la plaza de Luis Escudero y se sentó en un banco, ocultando su figura tras la enyesada baranda blanca que rodeaba la plaza. Ningún transeúnte lo vería, pero él tenía a la vista la puerta de joyero y la del bar. Rascó una cerilla en el banco y encendió un habano. ¡Cómo echaba de menos un whisky! Enseguida vio entrar en el establecimiento a varias señoras, entre ellas la joyera. No sabía de qué hablaban, pero los gestos, el movimiento de las manos y las risas señalaban el grado de complicidad de las amigas y el júbilo del momento.
A las dieciséis cuarenta y cinco salieron; cariñosamente se besaron y se despidieron hasta el día siguiente.
Inesperadamente algo rompió su razonamiento: giraba por la calle del Pilar. Desde un ángulo de la plaza la vio meterse en el Cine Arias. Se quedó sorprendido. En ese momento no sabía qué evento había allí. El local era utilizado por lo jóvenes para representaciones teatrales, por los escolares, dirigidos por el profesor D. Juan Pedro García Larrosa, para actos culturales, y por el dueño del cine, D. Emiliano Valdelvira, quien, ayudado por sus tres hijos, realizaba proyecciones cinematográficas. La siguió, confiando que este fuera el desliz que esperaba. Oscuro y de poco público, el cine se prestaba a ser el nido gozoso de los supuestos enamorados. Se fijó en la cartelera: cine de terror:”Psicosis”. Su “humanismo fatalista,” le hizo blasfemar. Aspiró la última calada, apagó la colilla y pasó al cine. Había poca gente. Ya estaban poniendo el Nodo: Franco inaugurando un pantano. La penumbra le hacía titubear, hasta que distinguió, entre los destellos rojos de la pantalla, la silueta de la joyera. Estaba sola, relajada en la butaca de una fila central, de los números pares. Se situó en la última fila del cine, en los números impares.
Comenzó la película. El poder de sugestión de la música le hacía estremecerse; las imágenes le provocaban disgusto, repugnancia, pavor. En la historia todo era inquietante. Desde el mismísimo comienzo se iba dando a entender que algo horrible va a suceder. La voz en off, los primeros planos del dinero y del ojo de Norman, la caída de Arbogast... le horrorizaron. Empezó a bostezar. Sus manos se agitaban como perros asustados ante el ruido de un rayo. No podía fumar, no podía beber. Se le escapó un suspiro de conmiseración hacia él mismo. La espera de los 109 minutos que duraba la película era insoportable. Ella seguía sola. Se le cerraban los ojos de abatimiento y desasosiego.
Debió de dar alguna cabezada en el transcurso de la película, porque al escuchar un grito desgarrado y agudo, miró hacia el lugar en el que estaba sentada la joyera y contempló, absorto, que la señora no estaba sola. Había alguien a su lado. La penumbra era densa y no conseguía ver demasiado. Sólo distinguió que era alguien más alto que ella y que llevaba el cabello corto. No era necesario ver sus semblantes para adivinar la fascinación que sentían. Sus besos apasionados, profundos y largos evidencian la concupiscencia entre ambos. Se mantenían unidos,sin dejar de hacerse caricias. Cuando no lo besaba ella, el hombro de él era la almohada sobre la que ella reposaba la cabeza. Otras veces él estrechaba con su brazo los hombros de ella. No había dudas: él era el dueño de su corazón y de su cama.
Faltaba poco para terminar la película. Decidió esperar fuera. Frente a la puerta del cine había una calle estrecha, sin salida – la travesía del Pilar -. Se escondió allí para pasar inadvertido. Sacó la máquina del bolsillo de la chaqueta. Esa misma noche se pondría a averiguar la identidad del amante. Se congratuló por la eficiencia de su coraje. Cuando llegara a su casa le hablaría a su mujer de los planes que tenía para cuando recibiera el nutrido cheque.
Ya salían, cogidos de la mano, ensimismados, alegres, compartiendo caricias. Se aproximó a la pared para confundirse en la oscuridad y sacar las fotos, que serían el billete para su progreso. Circunscribió la imagen. Fue a disparar y… abatido se desplomó. El universo estalló en su cabeza. La sangre se acumulaba en el estómago. Una niebla densa le turbaba la vista. Estaba mareado. Sentía ganar de vomitar. No podía ser. Estaban besándose ante sus ojos la joyera y su amante, Nela ¡su mujer!
viernes, 12 de febrero de 2010
GIRA LA MENTE
“Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidar es el difícil para
quien tiene corazón”.
Gabriel García Márquez
Gira la mente tejiendo amapolas
de despedida.
Agoniza la tarde en el silencio
de la oquedad.
Y miro.
Miro
y vuelvo a mirar
la silla sedienta
de tu aroma,
humores desnudos del frío en la alcoba,
hundida en la niebla
de la soledad.
Mi grito rebelde retumba en las rocas
buscando tu huella
en la arena del mar.
Y olvido.
Olvido el olvido,
olvido sentencias,
olvido maitines lamiendo tinieblas,
ocasos de estío
con frío invernal.
Cenizas de un sueño quemado en jirones,
recorren verandas
de sinceridad,
querencia y lamentos
de un tiempo imperfecto,
silente y sonoro;
orgasmo y tormento
en nubes heladas
del verbo amar.
Emergiendo sirenas
de tu eco en mi estela,
se posan, sagaces,
en las sinfonías
de aquella orfandad,
y en lenta agonía,
elegante y altiva,
imploran vehementes retorno al lar.
Y sé,
sé con certeza ardiente en mi esencia
que el tiempo pasado,
violento o pausado,
no torna ya más.
quien tiene corazón”.
Gabriel García Márquez
Gira la mente tejiendo amapolas
de despedida.
Agoniza la tarde en el silencio
de la oquedad.
Y miro.
Miro
y vuelvo a mirar
la silla sedienta
de tu aroma,
humores desnudos del frío en la alcoba,
hundida en la niebla
de la soledad.
Mi grito rebelde retumba en las rocas
buscando tu huella
en la arena del mar.
Y olvido.
Olvido el olvido,
olvido sentencias,
olvido maitines lamiendo tinieblas,
ocasos de estío
con frío invernal.
Cenizas de un sueño quemado en jirones,
recorren verandas
de sinceridad,
querencia y lamentos
de un tiempo imperfecto,
silente y sonoro;
orgasmo y tormento
en nubes heladas
del verbo amar.
Emergiendo sirenas
de tu eco en mi estela,
se posan, sagaces,
en las sinfonías
de aquella orfandad,
y en lenta agonía,
elegante y altiva,
imploran vehementes retorno al lar.
Y sé,
sé con certeza ardiente en mi esencia
que el tiempo pasado,
violento o pausado,
no torna ya más.
HIJOS DEL MISMO PUEBLO
“La perla de la justicia brilla mejor en la concha de la misericordia”.
Santa Catalina De Siena
Curtidas las manos,
rotas en la espada de la tierra,
unos niños lloran,
gimen en silencio su miseria.
Voces blancas, explotadas,
harapientas,
voces lasas, adiestradas para la guerra.
Voces sollozantes todas,
en su vórtice infinito de inocencia.
Hirientes como saetas,
las punzadas del hambre las despierta,
las asedia entre rizomas de la nada,
entre violenta lascivia,
o entre obuses y metralla.
Recorriendo el horizonte entre la niebla de su infierno,
sus ojos,
luminosos como estrellas y agitados como vientos,
buscan clemencia y sustento a su impotencia y tormento.
Y esperanzados miran al mundo,
inflamando de humanismo el universo.
Una pregunta recorre su esperanza y su lamento:
¿por qué no seremos todos
hijos de un mismo pueblo?
Alicante, 6 de noviembre de 2009
Conchi Galindo
Santa Catalina De Siena
Curtidas las manos,
rotas en la espada de la tierra,
unos niños lloran,
gimen en silencio su miseria.
Voces blancas, explotadas,
harapientas,
voces lasas, adiestradas para la guerra.
Voces sollozantes todas,
en su vórtice infinito de inocencia.
Hirientes como saetas,
las punzadas del hambre las despierta,
las asedia entre rizomas de la nada,
entre violenta lascivia,
o entre obuses y metralla.
Recorriendo el horizonte entre la niebla de su infierno,
sus ojos,
luminosos como estrellas y agitados como vientos,
buscan clemencia y sustento a su impotencia y tormento.
Y esperanzados miran al mundo,
inflamando de humanismo el universo.
Una pregunta recorre su esperanza y su lamento:
¿por qué no seremos todos
hijos de un mismo pueblo?
Alicante, 6 de noviembre de 2009
Conchi Galindo
MIGUEL HERNÁNDEZ
MIGUEL HERNÁNDEZ
A caballo entre 1927 y 1936 avanza la figura de Miguel Hernández. Aunque tradicionalmente se le ha encuadrado en la generación del 36, mantuvo una mayor proximidad con la generación anterior, hasta el punto de ser considerado por Dámaso Alonso como epígono de la generación del 27; sin embargo es en Miguel Hernández en quien verdaderamente puede concentrarse y simbolizarse la literatura republicana de la guerra civil. Él era ya bien conocido antes de 18 de julio de 1936. Había empezado su sendero literario a los quince años. Su principal fuente de inspiración fue su entorno más inmediato: la huerta, el pastoreo, la montaña, el río… Aprovechaba cualquier momento para escribir. Incluso tenía que esconderse de su padre, que veía con recelo la actividad poética del joven.
Sus primeros poemas fueron ensayos creativos, en los que buscaba su propia identidad. Sus escritos empezaron a publicarse en la prensa local, después en la provincial.
Antes del inicio de la guerra (1933) salió Perito en lunas (prologado por su amigo Ramón Sijé), que es fruto de su descubrimiento del neogongorismo a partir de su primer viaje a Madrid y que, apartándose de su poesía anterior, hará de la metáfora su gran vehículo expresivo, y la fórmula maravillosa para transmutar y enriquecer la realidad. Técnica y lenguaje como los dos objetivos principales de su evolución hacia la madurez poética. El rayo que no cesa se editó en enero de 1936, y va a suponer la confirmación y plenitud de su palabra de poeta. Su gestación se había iniciado en 1934, tras su nuevo viaje a Madrid. La raíz vital, cordial, del libro está en su amor a Josefina Manresa
Tras varias estancias en Madrid, a partir de 1934 (su primer viaje fue en 1931) le ponen en contacto con Neruda, Alberti, García Lorca, Aleixandre. . . La muerte de su amigo de Ramón Sijé, a finales de 1935, le inspira uno de los más grandes poemas, como también son extraordinarias las odas que dedica a Neruda y a Aleixandre. Con todo, los poetas de Madrid, que le acogen amistosamente, no dejan de manifestar alguna reticencia ante quien, como dijo Neruda, “huele demasiado a Iglesia” (Estudió bachiller en los jesuitas. En 1935 aparece ya su crisis ideológica, personal y religiosa). El trato y amistad con los poetas de la República, por un lado, las circunstancias mismas de España, por otro, hacen que Miguel Hernández se vaya orientando hacia posiciones que serán definitivas durante la guerra. La ruptura con el pasado tradicional y religioso y su toma de conciencia social se manifiestan sin ambages en el poema Sonreidme.
Vengo muy satisfecho de librarme
de la serpiente de las múltiples cúpulas,
la serpiente escamada de casullas y cálices
. . .
Sonreidme, que voy
adonde estáis vosotros los de siempre,
. . .
A partir de entonces, también para Hernández, con su “cara de surco articulado”, como dijo de sí mismo, con su “cara de patata recién sacada de la tierra”, como dijo de él Neruda, las cosas estaban claras. Se incorporaba a la lucha contra el fascismo; es soldado en Jaén y en Teruel, recorre los frentes como comisario de la cultura de El Campesino, recita sus versos en las trincheras, escribe teatro, poemas, prosa. Aparece su Viento del pueblo (Valencia 1937), con una dedicatoria a Vicente Aleixandre, básica para comprender a Miguel Hernández:
“Vicente: a nosotros que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poeta la vida junto a todos los hombres. Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo, y cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. . . Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo. Sólo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre del poeta derrama vibrante. Aquel que se atreve a manchar esas manos, aquellos que se atreven a deshonrar esa sangre, son los traidores asesinos del pueblo y la poesía, y nadie los lavará: en su, misma sociedad quedarán cegados…
Viento del pueblo representa la exaltación y el aliento, la fe y la esperanza del hombre, del soldado, todavía no abatidas por las sombras. El poeta suma su voz, como tantos otros, al romancero de la guerra con los romances Sentado sobre los muertos, Vientos del pueblo me llevan, Los cobardes, . . .
En 1937, al nacer su primer hijo, el poeta escribe un extraordinario poema de amor y de guerra, seguramente el más impresionante de todos los suyos y una de las más intensas composiciones amorosas desde los tiempos de Quevedo, Canción del esposo soldado:
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero del surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
. . .
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo
. . .
En Plena contienda aparece El hombre acecha, dedicado esta vez a Pablo Neruda, de tono más meditativo, quizá desalentado, precursor de un final amargo y mezclado, a pesar de todo, con llamadas a la esperanza, a un futuro mejor, alegatos contra un pasado al que el poeta no quiere volver:
Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con jugos en el alma, con golpes en el lomo.
. . .
La preocupación y el dolor acumulados en El hombre acecha desembocan en una profunda y grave poesía, donde la voz de Miguel Hernández se alza a cumbres excepcionales de la lírica. Como dice en su poema, todo el desconsuelo telúrico cayó diluvialmente “sobre un pastor sediento”.
Al terminar la guerra, intentó refugiarse en Portugal, pero la política de Salazar lo devolvió a España. Comienza así una penosa peregrinación de cárcel en cárcel. Se le conmutó la pena de muerte por treinta años de prisión. Sigue escribiendo y son inolvidables Las nanas de la cebolla, dedicada a su hijo a raíz de recibir una carta de su mujer en la que le decía que no comía más que pan y cebolla.
Respecto a la preocupación anarquista por el teatro, es Miguel Hernández quien representa mejor que nadie el interés de la zona republicana por este arte. Ya antes de la guerra civil había escrito teatro, pero un drama en cuatro actos y en verso “Pastor de la muerte” de 1937/1938, es la aportación más importante de Miguel al teatro de la contienda, auténtica épica popular sobre la defensa de Madrid.
Con el título general de Teatro en la guerra publicó (Valencia 1937) cuatro breves piezas en prosa: “La cola”, una conversación de las sufridas madrileñas esperando turno ante una carbonería. “El hombrecillo”, la incorporación de un joven a las filas del Ejército Popular; “El refugiado”, un viejo campesino jiennense que se une a las tropas republicanas; “Los sentados” los indiferentes que terminan también en la lucha.
Más significativas que las cuatro piezas citadas, es la nota previa que las antecede, en la cual Hernández traza un auténtico manifiesto del teatro republicano:
Una de las maneras mías de luchar es haber comenzado a cultivar un teatro hiriente y breve: un teatro de guerra. . . Creo que el teatro es un arma magnífica de guerra contra el enemigo de enfrente y contra el enemigo de casa. Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, ha de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra. . . Es la de hoy la hora más apropiada para mí; y no quiero dejarme dormir ni distraer, porque quiero ver cuajados los sentimientos y los pensamientos de mi gente en una vida de dignidad, de grandeza, y para eso pongo mis cinco sentidos en este trabajo de engrandecimiento, como puedo y sé, junto a los mejores hombres de España. . . Yo me digo: hay que sepultar las ruinas del obsceno y mentiroso teatro de la burguesía, de todas las burguesías y comodidades del alma, que todavía andan moviendo polvo y ruina en nuestro pueblo. . . Cuando descansemos de la guerra y la paz aparte los cañones de las plazas y los corrales de las aldeas españolas, me veréis por ellos celebrar representaciones de un teatro que será la vida misma de España, sacada limpiamente de sus trincheras, sus calles, sus campos y sus paredes.
Se ha dicho que el sacrificio de dos poetas, Federico García Lorca y Antonio Machado, marcan el inicio y el final de la guerra civil. Miguel Hernández murió en la cárcel de Alicante tres años después de acabada oficialmente la lucha, el 28 de marzo de 1942, aquello se llamaba ya posguerra.
Conchi Galindo Pedrosa
BIBLIOGRAFÍA
Historia de la Literatura Española. Volumen IV. Del realismo a nuestros días.
Historia Social de la Literatura Española
Enciclopedia Wikipedia
A caballo entre 1927 y 1936 avanza la figura de Miguel Hernández. Aunque tradicionalmente se le ha encuadrado en la generación del 36, mantuvo una mayor proximidad con la generación anterior, hasta el punto de ser considerado por Dámaso Alonso como epígono de la generación del 27; sin embargo es en Miguel Hernández en quien verdaderamente puede concentrarse y simbolizarse la literatura republicana de la guerra civil. Él era ya bien conocido antes de 18 de julio de 1936. Había empezado su sendero literario a los quince años. Su principal fuente de inspiración fue su entorno más inmediato: la huerta, el pastoreo, la montaña, el río… Aprovechaba cualquier momento para escribir. Incluso tenía que esconderse de su padre, que veía con recelo la actividad poética del joven.
Sus primeros poemas fueron ensayos creativos, en los que buscaba su propia identidad. Sus escritos empezaron a publicarse en la prensa local, después en la provincial.
Antes del inicio de la guerra (1933) salió Perito en lunas (prologado por su amigo Ramón Sijé), que es fruto de su descubrimiento del neogongorismo a partir de su primer viaje a Madrid y que, apartándose de su poesía anterior, hará de la metáfora su gran vehículo expresivo, y la fórmula maravillosa para transmutar y enriquecer la realidad. Técnica y lenguaje como los dos objetivos principales de su evolución hacia la madurez poética. El rayo que no cesa se editó en enero de 1936, y va a suponer la confirmación y plenitud de su palabra de poeta. Su gestación se había iniciado en 1934, tras su nuevo viaje a Madrid. La raíz vital, cordial, del libro está en su amor a Josefina Manresa
Tras varias estancias en Madrid, a partir de 1934 (su primer viaje fue en 1931) le ponen en contacto con Neruda, Alberti, García Lorca, Aleixandre. . . La muerte de su amigo de Ramón Sijé, a finales de 1935, le inspira uno de los más grandes poemas, como también son extraordinarias las odas que dedica a Neruda y a Aleixandre. Con todo, los poetas de Madrid, que le acogen amistosamente, no dejan de manifestar alguna reticencia ante quien, como dijo Neruda, “huele demasiado a Iglesia” (Estudió bachiller en los jesuitas. En 1935 aparece ya su crisis ideológica, personal y religiosa). El trato y amistad con los poetas de la República, por un lado, las circunstancias mismas de España, por otro, hacen que Miguel Hernández se vaya orientando hacia posiciones que serán definitivas durante la guerra. La ruptura con el pasado tradicional y religioso y su toma de conciencia social se manifiestan sin ambages en el poema Sonreidme.
Vengo muy satisfecho de librarme
de la serpiente de las múltiples cúpulas,
la serpiente escamada de casullas y cálices
. . .
Sonreidme, que voy
adonde estáis vosotros los de siempre,
. . .
A partir de entonces, también para Hernández, con su “cara de surco articulado”, como dijo de sí mismo, con su “cara de patata recién sacada de la tierra”, como dijo de él Neruda, las cosas estaban claras. Se incorporaba a la lucha contra el fascismo; es soldado en Jaén y en Teruel, recorre los frentes como comisario de la cultura de El Campesino, recita sus versos en las trincheras, escribe teatro, poemas, prosa. Aparece su Viento del pueblo (Valencia 1937), con una dedicatoria a Vicente Aleixandre, básica para comprender a Miguel Hernández:
“Vicente: a nosotros que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poeta la vida junto a todos los hombres. Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo, y cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. . . Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo. Sólo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre del poeta derrama vibrante. Aquel que se atreve a manchar esas manos, aquellos que se atreven a deshonrar esa sangre, son los traidores asesinos del pueblo y la poesía, y nadie los lavará: en su, misma sociedad quedarán cegados…
Viento del pueblo representa la exaltación y el aliento, la fe y la esperanza del hombre, del soldado, todavía no abatidas por las sombras. El poeta suma su voz, como tantos otros, al romancero de la guerra con los romances Sentado sobre los muertos, Vientos del pueblo me llevan, Los cobardes, . . .
En 1937, al nacer su primer hijo, el poeta escribe un extraordinario poema de amor y de guerra, seguramente el más impresionante de todos los suyos y una de las más intensas composiciones amorosas desde los tiempos de Quevedo, Canción del esposo soldado:
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero del surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
. . .
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo
. . .
En Plena contienda aparece El hombre acecha, dedicado esta vez a Pablo Neruda, de tono más meditativo, quizá desalentado, precursor de un final amargo y mezclado, a pesar de todo, con llamadas a la esperanza, a un futuro mejor, alegatos contra un pasado al que el poeta no quiere volver:
Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con jugos en el alma, con golpes en el lomo.
. . .
La preocupación y el dolor acumulados en El hombre acecha desembocan en una profunda y grave poesía, donde la voz de Miguel Hernández se alza a cumbres excepcionales de la lírica. Como dice en su poema, todo el desconsuelo telúrico cayó diluvialmente “sobre un pastor sediento”.
Al terminar la guerra, intentó refugiarse en Portugal, pero la política de Salazar lo devolvió a España. Comienza así una penosa peregrinación de cárcel en cárcel. Se le conmutó la pena de muerte por treinta años de prisión. Sigue escribiendo y son inolvidables Las nanas de la cebolla, dedicada a su hijo a raíz de recibir una carta de su mujer en la que le decía que no comía más que pan y cebolla.
Respecto a la preocupación anarquista por el teatro, es Miguel Hernández quien representa mejor que nadie el interés de la zona republicana por este arte. Ya antes de la guerra civil había escrito teatro, pero un drama en cuatro actos y en verso “Pastor de la muerte” de 1937/1938, es la aportación más importante de Miguel al teatro de la contienda, auténtica épica popular sobre la defensa de Madrid.
Con el título general de Teatro en la guerra publicó (Valencia 1937) cuatro breves piezas en prosa: “La cola”, una conversación de las sufridas madrileñas esperando turno ante una carbonería. “El hombrecillo”, la incorporación de un joven a las filas del Ejército Popular; “El refugiado”, un viejo campesino jiennense que se une a las tropas republicanas; “Los sentados” los indiferentes que terminan también en la lucha.
Más significativas que las cuatro piezas citadas, es la nota previa que las antecede, en la cual Hernández traza un auténtico manifiesto del teatro republicano:
Una de las maneras mías de luchar es haber comenzado a cultivar un teatro hiriente y breve: un teatro de guerra. . . Creo que el teatro es un arma magnífica de guerra contra el enemigo de enfrente y contra el enemigo de casa. Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, ha de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra. . . Es la de hoy la hora más apropiada para mí; y no quiero dejarme dormir ni distraer, porque quiero ver cuajados los sentimientos y los pensamientos de mi gente en una vida de dignidad, de grandeza, y para eso pongo mis cinco sentidos en este trabajo de engrandecimiento, como puedo y sé, junto a los mejores hombres de España. . . Yo me digo: hay que sepultar las ruinas del obsceno y mentiroso teatro de la burguesía, de todas las burguesías y comodidades del alma, que todavía andan moviendo polvo y ruina en nuestro pueblo. . . Cuando descansemos de la guerra y la paz aparte los cañones de las plazas y los corrales de las aldeas españolas, me veréis por ellos celebrar representaciones de un teatro que será la vida misma de España, sacada limpiamente de sus trincheras, sus calles, sus campos y sus paredes.
Se ha dicho que el sacrificio de dos poetas, Federico García Lorca y Antonio Machado, marcan el inicio y el final de la guerra civil. Miguel Hernández murió en la cárcel de Alicante tres años después de acabada oficialmente la lucha, el 28 de marzo de 1942, aquello se llamaba ya posguerra.
Conchi Galindo Pedrosa
BIBLIOGRAFÍA
Historia de la Literatura Española. Volumen IV. Del realismo a nuestros días.
Historia Social de la Literatura Española
Enciclopedia Wikipedia
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