JARDÍN DE HARMONIE

JARDÍN DE HARMONIE
ANUESCA

LA MAESTRA

LA MAESTRA
PRIMER PREMIO DE PROSA
Mostrando entradas con la etiqueta Prosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prosa. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de marzo de 2012

CUÉNTAME UN CUENTO




CUÉNTAME UN CUENTO

Había una vez dos hermanos, Sergio y Francisco, que adoraban a su abuela. Era sabia. ¡Cuántas historias les contaba de sus viajes! Vivían en la ciudad con sus padres, pero las vacaciones las pasaban con ella en un pequeño pueblo de montaña, rodeado de dos inmensos valles separados por el río Mundo. Eran felices cuando ella les contaba un cuento, pero un cuento de los suyos, no de los que se leían. Las palabras de la abuela eran mágicas, su voz los hechizaba. Los niños vivían las aventuras como protagonistas de las hazañas de la abuela. A veces, los pequeños pensaban que sabía tanto porque no dormía, pasaba las noches en vela, entre columnas de humo, café y libros.

Una noche les contó que al mayor, a Sergio, lo habían bautizado con agua del río Mundo, mandada traer desde allí por su madre a un lugareño, tío suyo.

- Abuela no nos has llevado a ver dónde nace el río Mundo, manifestó Sergio

- Uhhhhh, la senda que lleva hasta el nacimiento es complicada y peligrosa, no es apta para personas inexpertas y está prohibido subir a los niños. Yo tampoco he subido nunca, pero he llegado a conocerla a través de las narraciones y los vídeos que han hecho de ella los espeleólogos que han entrado.

El hermano pequeño, Francisco, que era muy obstinado, refunfuño que no se dormiría hasta que no les contase el cuento del río Mundo.

- Hace mucho, mucho tiempo, existía en Riópar la Ciudad de las Hadas, enclavada en el Calar del Mundo. Este Calar es una gran montaña formada por rocas calizas, como si fueran una gran esponja. Debido a su composición, el agua y la nieve se filtran, originando un laberinto de túneles, galerías, lagos y cuevas comunicados por estrechos conductos, y un río, el Mundo, que aparece y desaparece, hasta que el agua encuentra un punto de salida en la Cueva de los Chorros, entonces se precipita por las rocas, formando una gran cascada espigada y zigzagueante. De dimensiones colosales, la boca de esta cueva es misteriosa y atractiva, de allí sale un viento frío y tenebroso. Su interior forma parte de un paisaje enigmático y milenario. En esta vetusta cueva se asentaba la Ciudad Mágica de las Hadas. Allí convivían todo tipo de ninfas, con distinto tamaño, aspecto y color. Cada clan tenía una misión:

 Las hadas madrinas eran las más mayores, vivían en la Gruta Imperial, tenían alas, su vestido era azul celeste y podían ir al Mundo Real para proteger a los niños.
 Las hadas bondadosas eran diminutas, vivían en el Lago Azul y su vestido era de polvo de estrellas níveas.
 Las hadas del tiempo vestían de los dorados rayos del sol, vivían en el vestíbulo y se preocupaban de dar más horas de luz a quienes las necesitaran.
 Las hadas vanidosas eran las más bellas y elegantes, su vestido era de polvo de nubes rojas, con un gran sombrero rojo y blanco y botas de igual color. Vestían así para que todos los habitantes de la ciudad las admiraran. Además de presumidas, les gustaba escudriñar en todos los asuntos de los demás.

Para llegar a la cueva había grandes senderos llenos de flores, con olor a flora húmeda y sonidos silvestres, cascadas de agua diáfanas y árboles que daban sombra a la vereda. Cada camino estaba protegido por un Elfo, porque los dragones, ogros y brujas convivían en el Bosque Mágico del Mundo, esperando adueñarse de la ciudad encantada de las hadas.
Un día pasó por allí el dios Tifón y se quedó maravillado del prodigio que la naturaleza había obrado en aquel lugar, y también quiso quedarse.

- Abuela, ¿quién es el dios Tifón?, preguntó Sergio.

- El dios Tifón, siguió la abuela contando, es un monstruo amorfo y alado, tan alto que puede alcanzar las estrellas. Su cabeza es de dragón gigante, sus brazos son largos como el horizonte, sus carnosas manos son una enorme masa escamosa y escurridiza, sus desmesurados dedos serpientes peludas y sus uñas espadas. Puede incendiar todo lo que se le cruce por su mirada, vomitar fuego y lava por su boca, talar árboles y crear huracanes y terremotos moviendo las alas.

- ¡Qué miedo!, exclamó Francisco.

- Las hadas vanidosas, continuó la abuela, no le dejaron entrar a la Ciudad Mágica y él, lleno de cólera y soberbia, con sus poderes, rompió todas las vías de acceso a la cueva, transformándola en un paredón pétreo, abrupto y escarpado. Los lugareños, conmocionados por el suceso, se solidarizaron con los habitantes de la Ciudad Mágica de las Hadas y trazaron una ruta para llegar a la gruta: pusieron piedras para cruzar el río y señalaron el camino con tiza blanca en los árboles; pero era muy difícil subir, no pudieron trazar ni puentes ni pasarelas que salvaran el precipicio. Murieron varias personas que, inexpertas y sin la preparación adecuada, intentaron subir. Afirman que ese valle está embrujado, que los espíritus de los que allí han fallecido salen por las noches a ensamblar rocas para que sea más fácil el acceso. Quienes han subido aseguran que es un prodigio de la Naturaleza. Las estalagmitas y estalactitas, con multitud de formas y colores, se suceden en columnas continuamente y se entrelazan con lagos de alegres aguas cristalinas. Es un lugar singular y mágico.
Las visitantes que desean dar un homenaje a los sentidos, se citan en este espacio natural protegido, situado a caballo entre la Sierra del Segura y la de Alcaraz.
Y colorín colorado…

- Abuela, pero ¿cuándo nos vas a llevar a ver la cueva de los Chorros?, conminó Sergio.

- Otro día, contestó la abuela.

Francisco no pudo preguntarle nada porque antes de que terminara el cuento se había quedado dormido.

domingo, 20 de junio de 2010

ELLA NO ESTÁ SOLA

ELLA NO ESTÁ SOLA

Albert Einstein
“El amor por la fuerza nada vale, la fuerza sin amor es energía gastada en vano”.
De una pequeña casa de la calle Huertas salió un hombre pálido a las seis de la tarde, por un momento fantasma andante, hasta que la luz tenue de la última hora del atardecer derrotó ese aspecto funesto que caracteriza la agonizante fatiga de una jornada de trabajo. La cara, macilenta y amarga, consumida por el cansancio y la pesadumbre, se le hundía en un mostacho medio cano y mal trazado. Las manos le caían aleteantes y flojas. Era invierno; a esa hora Riópar está en penumbra. La oscuridad baja pronto desde las montañas que la rodean. De las casas salían olores pardos de grasas y de especias que se unían en el cielo con el humo de las chimeneas. Pucheros cociendo al amor de la lumbre desprendían vapores dulzones, esperando a los hombres para la cena. En el lado opuesto del pueblo, caminaba lentamente Gerardo Pérez, el cabrero, dejando cada animal con su amo. Recogía las cabras a las ocho de la mañana y las conducía al Coto para que pacieran. Todos los días regresaba al pueblo a las seis en punto de la tarde, cuando tocaba la sirena de la fábrica y lo obreros empezaban su jornada de descanso, o de cambio de trabajo, porque todos los trabajadores de la Industrial tenían un huerto para autoabastecerse de productos hortícolas, una ayuda que paternalmente les concedían los dueños de la misma, un apoyo a la escasa economía familiar.
Las calles, empedradas, delataban pequeñas obras de infraestructura. A lo largo de ellas habían abierto zanjas para instalar la red de alcantarillado. Los polvorientos escaparates casi vacíos de las tiendas evidenciaban la restricción económica de la España profunda de los años sesenta. Cerca de la Plaza, tan sólo un comercio lucía levemente un panel de neón parpadeante en el que se podía deletrear: “Joyería Rubí”. En el lateral derecho de la puerta brillaba una placa de latón, grabada por Crisantos, en ella se informaba textualmente: “Si no puedes pagar, no entres. Aquí no fiamos. Gracias amigo.
Honorio, un detective hellinero, casado y afincado en Riópar, bajaba pausado por la Travesía de Los Plátanos, siguió por el Paseo de los Plátanos y giró por la calle Valencia. A la altura de la joyería se paró a observar a los viandantes; con cautela se acercó al hueco acristalado para escudriñar su interior; había un señor solo. Entró. Era el dueño, quien con parcas palabras le entregó un sobre. Honorio lo abrió con dilatada parsimonia y con un gesto de cabeza asintió. Salió del comercio apresurado.
Al llegar a su casa, el investigador se remoloneó en un sillón con un vaso de whisky en la mano. El whisky y los puros habanos eran sus dos pasiones. La mujer y su profesión eran sólo monotonía y desazón. El trabajo, más que satisfacción, le traía distanciamiento con sus paisanos; a la mujer no podía darle todo lo que se merecía. No la pudo llevar de viaje de novios a Tus; en doce años de matrimonio tampoco la había podido llevar ningún verano de vacaciones. Ella quería conocer Benidorm; con este fin trabajaba en la fábrica en la sección embalaje. Sólo había podido regalarle un abrigo sintético, imitación a visón, hacía dos años y aún estaba pagándolo a plazos.
Bebió un trago, dio una calada al habano, y al exhalar una columna de humo blanco maloliente que se alzaba hasta el techo, sus ojos sanguinolentos giraron y se perdieron mirando el sobre que le había entregado el joyero. Su imaginación voló a la velocidad del rayo hacia el verano. Si el resultado de su trabajo era convincente, con el dinero que recibiera del joyero podría terminar de pagar el abrigo y llevar a su mujer de vacaciones; incluso podrían salir del polvo, del olor a metal y de la rutina de Riópar y trasladarsen a vivir a otro lugar. No quería dormirse ni distraerse de esos pensamientos; quería ver cuajados esos propósitos, ennoblecer esos sentimientos de progreso que lo envolvían; tenía que poner los cinco sentidos para lograr la eficacia que el trabajo requería.
Madrugó. Quería comenzar a investigar a la joyera cuanto antes. Era sábado. La mañana despertó gélida y soleada. La ausencia de niebla le garantizaba poder seguirla con más comodidad y de largo. Con paso rápido, su instinto lo llevó hacia el bar de Manolo; la ubicación de éste, chaflán calle Valencia – Pº de los Plátanos, le permitía ver a la señora cuando saliera de su casa y saber qué dirección tomaba. Pidió un “tewi doble” (té con whisky). Como siempre que pedía esta consumición, el camarero, Manolo, relajó la boca con una sonrisa amplia y le dijo:
- Esto sí que es amor al elixir. Pronto empiezas a besarlo.
Por el rabillo del ojo percibió la salida de la joyera. Apuró el vaso de un trago; pagó y se colocó en la puerta, dispuesto a observar los movimientos de la investigada.
Había seguido a la consorte toda la mañana y ésta no había perpetrado nada que llamara su atención: entrar en la carnicería de Valentín y salir con una bolsa, entrar en la panadería de Luciano y salir con pan, entrar al estanco (donde no sólo venden tabaco sino también de casi todo lo que pidas) y salir con varias bolsas. En la Cruz de los Caídos se encontró con unas amigas, tan coquetas y repipis como ella. Con el periódico tapándose la cara se aproximó a ellas. A duras penas escuchó que quedaban a tomar café y pasteles después de comer en el bar de Manolo, mientras sus maridos echaban la partida. Por su ubicación fisgona, era el café más visitado del pueblo.
Ningún comportamiento justificaba los celos del marido.
Ante tanta naturalidad y orden, a Honorio se le languidecieron todos los anhelos que había proyectado la noche anterior. Intensificado por la claridad del día, con gesto de aflicción, el desaliento se le extendió desde los brazos hasta los hombros y se le bajó por arterias y venas hasta los pies, en una sacudida convulsiva y feroz. Pero, aunque sus quimeras habían caído en la sima más profunda de su alma, tenía que reponerse de su fiasco y continuar la exploración de los hábitos de la dama.
Con expresión conspiradora, a las tres de la tarde llegó a la plaza de Luis Escudero y se sentó en un banco, ocultando su figura tras la enyesada baranda blanca que rodeaba la plaza. Ningún transeúnte lo vería, pero él tenía a la vista la puerta de joyero y la del bar. Rascó una cerilla en el banco y encendió un habano. ¡Cómo echaba de menos un whisky! Enseguida vio entrar en el establecimiento a varias señoras, entre ellas la joyera. No sabía de qué hablaban, pero los gestos, el movimiento de las manos y las risas señalaban el grado de complicidad de las amigas y el júbilo del momento.
A las dieciséis cuarenta y cinco salieron; cariñosamente se besaron y se despidieron hasta el día siguiente.
Inesperadamente algo rompió su razonamiento: giraba por la calle del Pilar. Desde un ángulo de la plaza la vio meterse en el Cine Arias. Se quedó sorprendido. En ese momento no sabía qué evento había allí. El local era utilizado por lo jóvenes para representaciones teatrales, por los escolares, dirigidos por el profesor D. Juan Pedro García Larrosa, para actos culturales, y por el dueño del cine, D. Emiliano Valdelvira, quien, ayudado por sus tres hijos, realizaba proyecciones cinematográficas. La siguió, confiando que este fuera el desliz que esperaba. Oscuro y de poco público, el cine se prestaba a ser el nido gozoso de los supuestos enamorados. Se fijó en la cartelera: cine de terror:”Psicosis”. Su “humanismo fatalista,” le hizo blasfemar. Aspiró la última calada, apagó la colilla y pasó al cine. Había poca gente. Ya estaban poniendo el Nodo: Franco inaugurando un pantano. La penumbra le hacía titubear, hasta que distinguió, entre los destellos rojos de la pantalla, la silueta de la joyera. Estaba sola, relajada en la butaca de una fila central, de los números pares. Se situó en la última fila del cine, en los números impares.
Comenzó la película. El poder de sugestión de la música le hacía estremecerse; las imágenes le provocaban disgusto, repugnancia, pavor. En la historia todo era inquietante. Desde el mismísimo comienzo se iba dando a entender que algo horrible va a suceder. La voz en off, los primeros planos del dinero y del ojo de Norman, la caída de Arbogast... le horrorizaron. Empezó a bostezar. Sus manos se agitaban como perros asustados ante el ruido de un rayo. No podía fumar, no podía beber. Se le escapó un suspiro de conmiseración hacia él mismo. La espera de los 109 minutos que duraba la película era insoportable. Ella seguía sola. Se le cerraban los ojos de abatimiento y desasosiego.
Debió de dar alguna cabezada en el transcurso de la película, porque al escuchar un grito desgarrado y agudo, miró hacia el lugar en el que estaba sentada la joyera y contempló, absorto, que la señora no estaba sola. Había alguien a su lado. La penumbra era densa y no conseguía ver demasiado. Sólo distinguió que era alguien más alto que ella y que llevaba el cabello corto. No era necesario ver sus semblantes para adivinar la fascinación que sentían. Sus besos apasionados, profundos y largos evidencian la concupiscencia entre ambos. Se mantenían unidos,sin dejar de hacerse caricias. Cuando no lo besaba ella, el hombro de él era la almohada sobre la que ella reposaba la cabeza. Otras veces él estrechaba con su brazo los hombros de ella. No había dudas: él era el dueño de su corazón y de su cama.
Faltaba poco para terminar la película. Decidió esperar fuera. Frente a la puerta del cine había una calle estrecha, sin salida – la travesía del Pilar -. Se escondió allí para pasar inadvertido. Sacó la máquina del bolsillo de la chaqueta. Esa misma noche se pondría a averiguar la identidad del amante. Se congratuló por la eficiencia de su coraje. Cuando llegara a su casa le hablaría a su mujer de los planes que tenía para cuando recibiera el nutrido cheque.
Ya salían, cogidos de la mano, ensimismados, alegres, compartiendo caricias. Se aproximó a la pared para confundirse en la oscuridad y sacar las fotos, que serían el billete para su progreso. Circunscribió la imagen. Fue a disparar y… abatido se desplomó. El universo estalló en su cabeza. La sangre se acumulaba en el estómago. Una niebla densa le turbaba la vista. Estaba mareado. Sentía ganar de vomitar. No podía ser. Estaban besándose ante sus ojos la joyera y su amante, Nela ¡su mujer!

viernes, 12 de febrero de 2010

LA MAESTRA

LEMA: SINFONÍA INCOMPLETA

“No se puede razonar con los fanáticos.
Hay que ser más fuerte que ellos”.
Anónimo

LA MAESTRA

Sentada en el sillón, entre la pizarra gris y los mapas que colgaban mortecinos de la pared, su mente se agitaba entre recuerdos. Recuerdos amarillentos colocados en la estantería de la juventud. Su mirada, perdida entre las cabezas de los alumnos, buscaba en las zarzas del pasado el cimiento en el que apoyar las dudas. Dudas tristes y que, con el comienzo de un nuevo curso, habían arañado su corazón y lastimado su conciencia una vez más. No era tiempo de conmiseración, se decía. Debía encontrar el eslabón perdido, el trozo de vida que le habían arrancado. Su pensamiento se replegó hasta la fecha en la que le dieron el título de Maestra.

Aquel día estaba feliz. No sólo había terminado su carrera sino que, además, había conseguido el acceso directo a una plaza en la enseñanza. En septiembre tendría su escuela, su clase, sus alumnos. El 21 de junio de 1940 marcaba el principio de su nueva vida. El futuro lo señalaría ella. Si viviera su madre... ¡Cómo la echaba de menos! Pero la realidad es que estaba sola, o al menos así se sentía ella. A su padre le tiraba demasiado el vino; tanto como para acordarse escasamente que tenía una hija interna en un colegio. Eso sí: de mojas, muy bueno. Su único hermano estaba casado y vivía en otra ciudad; apenas lo veía.

Esta fue la primera ironía de su vida: frente a una sociedad patriarcal, machista y autoritaria, ella era libre; frente a una ley que, solapadamente, prohibía a la mujer incorporase a la educación superior, por considerarla inadecuada para las esposas, ella había estudiado Magisterio y Filología Hispánica. La única virtud que poseía, acorde con el franquismo, la Iglesia, y los valores que propugnaba La Sección Femenina era el nombre: Pura. Pero ¿era eso cierto?

El sonido de la campana la asustó, pero la sacó del tormento de verse reflejada en el espejo deforme que marcaba los ideales de mujer y de una buena maestra, en una sociedad arcaica y de apariencia, frente a su infierno interior. Había sufrido el desprecio y la tristeza del significado de la rigidez social.

Su mirada crítica a la moralidad del momento y su espíritu reivindicativo de libertad y autonomía de la mujer, pronto despertaron en ella sentimientos de solidaridad y compasión con el género femenino.

Las niñas se pusieron en fila para salir. Observadora, Pura escudriñaba con cautela las caras de sus nuevas alumnas. Había llegado destinada al pueblo hacía dos días. Todo era nuevo para ella. Bueno… todo, todo no. Los rasgos de María y su conducta despertaban en ella agitación. La niña la atraía como la luna a las mareas: alta, delgada, de tez canela, ojos negros y cabello castaño y rizado, ¿A quién le recordaba? Con tan solo nueve años, era de naturaleza intuitiva y emotiva, se expresaba con agilidad, perseverancia y suficiencia; era de mente y pensamiento firme.

Continuó la jornada con las madres. Quería que todas supieran leer y escribir. Su talento analítico y complaciente, su tendencia a armonizar y su capacidad de adaptación, lograron que, desde el primer día, las madres depositaran en ella su confianza y hablaran con llaneza de todo tipo de conflictos en las relaciones humanas.

En la oscuridad de sus deseos, desfilaron todas las familias de los pueblos por los que había pasado. Pero ella seguía errante. Errante en la vida y esclava de su sueño, tal vez utópico.

Este nuevo curso lo había empezado con dulzura cenicienta, con frenética ansiedad por enfrentarse a su verdad. En tan solo dos semanas conocía las confidencias de toda la comunidad escolar. La historia familiar de María la tenia muy nerviosa

Cierta mañana, en el recreo, se acerco a calmar a un grupo de alumnas que se encontraban muy agitadas. En el centro de ellas María lloraba desconsoladamente. Al preguntar la causa, sus compañeras dijeron que un grupo de niñas insultaba a María con frecuencia llamándola “expósita”. Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la maestra, mientras lanzaba al viento un suspiro de incierta esperanza. Con dulzura se llevó a la niña de la mano, como quien acaricia los pétalos sedosos de las rosas, secándole las lágrimas y haciéndole arrullos, entre misterio y mutismo. Hablaron en el despacho. A las dos las envolvía un universo de temores, de llanto, de silencio. Tal vez el sentimiento de Pura hacia la niña era una quimera, y, tal vez, el miedo de la niña hacia su maestra era la veracidad de su alias. La confesión de la pequeña puso el dedo en la llaga de la maestra. Estaba en el vórtice de su labor detectivesca desde hacía nueve años, los mismos que tenía María.

Una noche, mientras la luna dormía la nana en la sombra alargada de sus anhelos, unos golpes secos sonaron en la puerta. Con extrañeza y el corazón galopando como caballo desbocado, doña Pura se acercó a abrirla. Como una escultura deforme y lasa, con la nariz afilada, y un tímido hilo de sangre corriendo por la barbilla, apareció, Esperanza, la madre de María. Moribunda le dijo que había llegado su hora, que su enfermedad la había vencido. Desesperadamente le pidió que cuidara de su hija, entregándole unos documentos en los que, con letras góticas, se leía: Hospital de los Desamparados, 03-03-1949. VILLALEONA. El velo azulado del universo cayó sobre sus pies. A esa ciudad la llevó su padre cuando le dijo que estaba embarazada, confiándosela a las Carmelitas. En ese hospital la ingresaron las monjas en el momento del parto. Ese día nació su bebé. La Superiora, con gesto afligido y voz de tragedia griega, le dijo que había sido una niña, pero que había nacido muerta.
Al ojear el escrito, y ante el cuerpo despojado de vida de Esperanza, una sacudida violenta de amargura le recorrió el alma y una lágrima resbaló por su mejilla, y, ¡Qué ironía!, a la vez “algunas estrellas que se habían apagado, volvieron a brillar en su corazón”.

sábado, 20 de diciembre de 2008

La plaza

TÍTULO LA PLAZA


I

Con su bastón inseguro, pasos cortos y manos trémulas, Severiano se adentró en el Parque de los Siete Pinos. Iba con frecuencia a aquel lugar; quizá porque en ese paraje se respiraba paz, o, tal vez, porque el nombre, y ese árbol, por antonomasia, evocaba su infancia y juventud. No lo sabía, pero al entrar en aquella angosta plaza, rememoraba su pueblo; Fábricas de San Juan de Alcaraz. Pinos, de multitud de pinos había estado él rodeado hasta que a los veintiún años se fue a la mili, a Ceuta. Allí conoció a la que sería su mujer. La vida había sido muy dura con él y los tiempos muy difíciles para todos. Había tenido que soportar la guerra civil, y aunque su familia estaba en el bando de los vencedores, y la necesidad y carencias se soportaba mejor en los pueblos que en las ciudades, el hambre, el estraperlo, las cartillas de racionamiento y la miseria había llegado a todos por igual, ganadores y vencidos, todos los obreros de la fábrica habían quedado pobres. Aún recordaba que en 1936 se hizo cargo de la Compañía las fuerzas gubernamentales y la fabricación estuvo dedicada a la construcción de material bélico, y que tras la contienda, se volvió a fabricar bienes de consumo y orfebrería religiosa.
¿ Qué sería de aquella fábrica? Y ¿ Qué habría sido de él si hubiera regresado a su pueblo?

Hoy, viudo, solo y anciano, aún seguía recordando y saboreando aquel recóndito lugar. ¿ Dónde estarían sus hermanos? Cuando él salió para la mili, tenía dos: Juan y Dolores. La guerra, la falta de comunicaciones, el no saber escribir… había hecho que perdiera el contacto con su familia.

Sereno de ánimo, con la mirada perdida en el horizonte, Severiano se sentó en un banco. Le gustaba contemplar, en días estivales, la puesta de sol desde aquel punto. Era como si estuviera sentado en casa de sus padres, en El Arrecife, entre El Laminador y el Control. Desde allí vislumbraba algunos caseríos, algunos huertos y por encima de todo: pinos, montes de pinos. Pinos piñoneros, pinos con olor a paraíso, pinos que abrazaban las luces y las sombras de los días y las noches, de las alegrías y las tristezas, de la vida: de la esencia misma de la vida adusta, sencilla y tierna.

La imaginación de Severiano empezó a volar: se veía sentado en la Plaza de Luís Escudero, con el Ayuntamiento y el Colegio Nacional preparados para inaugurarlos, con olor a futuro y a esperanza. En su espejismo, veía la plaza rodeada de árboles plataneros recién plantados y en el centro una piscina con un guardián en cada esquina y engalanada con flores vistosas. Lo curioso de esta plaza era que a quien pisara las flores, un municipal, Adame, le ponía una multa. También estaba en proyecto hacer allí un mercado. Pero, él no pudo ir al colegio, trabajaba en la fábrica para apoyar la escasa economía familiar; tampoco pudo ir a comprar al mercado; era sólo un bonito proyecto de D. Luis, que aún no se había empezado.

Una y otra vez se preguntaba qué habría sido de aquella bonita plaza ¿habrían hecho pisos en ella? , ¿una urbanización?, ¿tal vez un parque? o ¿seguiría siendo una plaza?

Absorto en sus pensamientos, viajó a aquellos lejanos años, aunque para él, aún estaban presentes y frescos en su memoria ¡cuánto le gustaría regresar!

II.

Hace unos días, un amigo me invitó a visitar el Nacimiento del Río Mundo, lugar apacible que duerme mecido por los años, donde se siente con profundidad el goce íntimo y callado del calor de hogar; ese pueblo en el siempre piensas cuando cuentas un cuento.

Recorrimos lugares ancestrales, montes recostados en legendarias rocas calizas, tapizados de arjuma, romero, helechos, alábega, donde el agua brota en cuevas y laderas. Estas sierras esconden rincones de enorme belleza que, privilegiadas por la naturaleza, merecen un cuidado especial. Su música forma el pentagrama del alma del pueblo.

Cuándo el visitante llega a Riópar, su sorpresa va en aumento. Cada palmo que se adentra en esta sierra el verdor, lo abrupto de los impresionantes macizos pétreos y la abundancia de agua, lo transportan a un ignorado paraje que nada tiene que ver con el paisaje de La Mancha.

Visitamos:
- Los Chorros, tremendamente escarpados, donde el agua labró los impresionantes acantilados. En el centro de un gran cortado aparece la cueva que lleva este nombre, dando lugar a varias cascadas que se remansan en cristalinas pozas, formando lo que los lugareños denominan “Calderetas” La belleza de estos paisajes cautivaron a muchos escritores, según nos contó una señorita de Información y Turismo. Nos dijo que
“…ya en el sigo XI los describió el árabe Alzhuri; que también recogieron comentarios sobre ellos plumas tan autorizadas como la de don Alfonso XI, quien dedica un capítulo de su celebérrimo Libro de Montería, describiendo en él nueve montes de oso y la forma de cazarlos, en el término de Riópar, el primero de los cuales es precisamente Los Chorros; que una mención importante es un manuscrito anónimo del siglo XV, encontrado por el insigne duque de Almazán en el Museo Británico; que también Quevedo lo citó en un soneto; que en el siglo XVIII ya le merecía al Padre Morote la descripción de Los Chorros nueve veces más espacio que la del nacimiento del Ebro…”
- El Charco de las Truchas, cerca del nacimiento del Río Mundo. Rodeado de gran variedad de árboles de distintos tipos, se encuentra casi oculto por la vegetación: En un pequeño lago de agua nada la trucha común. Este paraje conserva casi intacto su encanto porque sólo se puede acceder a él andando. Su silencio sólo se rompe con el trino de algún pájaro o con el chapoteo de alguna trucha, saltando del agua para capturar alguna mosca.
- Fuente Grande , La Celada, Arroyofrío…
-. Nos detuvimos en Riópar Viejo, arquitectura rancia, con marcado carácter del medievo, presidida por los restos del castillo fortaleza islámico, reconstruido en época cristiana, donde en la actualidad hay un cementerio, cuyos enterramientos datan del siglo XVIII - XIX, y la iglesia del siglo XV. Otro camposanto vimos frente a la iglesia, en la plaza de la antigua villa. Su aspecto descuidado - donde las hierbas crecen, cubren lápidas y cruces, y se secan silenciosas, y donde el anonimato, la soledad y el silencio tan sólo es interrumpido por algún forastero ocioso- hizo que la curiosidad de saber la fecha de esos enterramientos, y la relación cronológica de los dos cementerios se apoderara de mí. Una foto fría y amarilla que descollaba en una lápida de un pequeño panteón familiar me sobresaltó y me transportó a mi infancia, al parque de mi ciudad.

III


Cuando yo era niño iba a jugar al Parque de los Siete Pinos con mis amigos. Allí veíamos, sentado siempre en el mismo banco, a un señor enlutado, enjuto, con el rostro erosionado por los años que, cabizbajo y meditabundo, con la mirada perdida en el horizonte, miraba al infinito. A veces nos daba caramelos y nos contaba historias de su infancia. ¡Era él! ¡ Era Severiano, el de los caramelos! Rápidamente cogí un papel y limpié para poder leer su inscripción: Severiano Bermúdez Alcaraz “El ceutí” 1930 – 2010.

Entonces comprendí su mirada: no estaba perdida, su blanco era Riópar.