JARDÍN DE HARMONIE

JARDÍN DE HARMONIE
ANUESCA

LA MAESTRA

LA MAESTRA
PRIMER PREMIO DE PROSA

domingo, 20 de junio de 2010

ELLA NO ESTÁ SOLA

ELLA NO ESTÁ SOLA

Albert Einstein
“El amor por la fuerza nada vale, la fuerza sin amor es energía gastada en vano”.
De una pequeña casa de la calle Huertas salió un hombre pálido a las seis de la tarde, por un momento fantasma andante, hasta que la luz tenue de la última hora del atardecer derrotó ese aspecto funesto que caracteriza la agonizante fatiga de una jornada de trabajo. La cara, macilenta y amarga, consumida por el cansancio y la pesadumbre, se le hundía en un mostacho medio cano y mal trazado. Las manos le caían aleteantes y flojas. Era invierno; a esa hora Riópar está en penumbra. La oscuridad baja pronto desde las montañas que la rodean. De las casas salían olores pardos de grasas y de especias que se unían en el cielo con el humo de las chimeneas. Pucheros cociendo al amor de la lumbre desprendían vapores dulzones, esperando a los hombres para la cena. En el lado opuesto del pueblo, caminaba lentamente Gerardo Pérez, el cabrero, dejando cada animal con su amo. Recogía las cabras a las ocho de la mañana y las conducía al Coto para que pacieran. Todos los días regresaba al pueblo a las seis en punto de la tarde, cuando tocaba la sirena de la fábrica y lo obreros empezaban su jornada de descanso, o de cambio de trabajo, porque todos los trabajadores de la Industrial tenían un huerto para autoabastecerse de productos hortícolas, una ayuda que paternalmente les concedían los dueños de la misma, un apoyo a la escasa economía familiar.
Las calles, empedradas, delataban pequeñas obras de infraestructura. A lo largo de ellas habían abierto zanjas para instalar la red de alcantarillado. Los polvorientos escaparates casi vacíos de las tiendas evidenciaban la restricción económica de la España profunda de los años sesenta. Cerca de la Plaza, tan sólo un comercio lucía levemente un panel de neón parpadeante en el que se podía deletrear: “Joyería Rubí”. En el lateral derecho de la puerta brillaba una placa de latón, grabada por Crisantos, en ella se informaba textualmente: “Si no puedes pagar, no entres. Aquí no fiamos. Gracias amigo.
Honorio, un detective hellinero, casado y afincado en Riópar, bajaba pausado por la Travesía de Los Plátanos, siguió por el Paseo de los Plátanos y giró por la calle Valencia. A la altura de la joyería se paró a observar a los viandantes; con cautela se acercó al hueco acristalado para escudriñar su interior; había un señor solo. Entró. Era el dueño, quien con parcas palabras le entregó un sobre. Honorio lo abrió con dilatada parsimonia y con un gesto de cabeza asintió. Salió del comercio apresurado.
Al llegar a su casa, el investigador se remoloneó en un sillón con un vaso de whisky en la mano. El whisky y los puros habanos eran sus dos pasiones. La mujer y su profesión eran sólo monotonía y desazón. El trabajo, más que satisfacción, le traía distanciamiento con sus paisanos; a la mujer no podía darle todo lo que se merecía. No la pudo llevar de viaje de novios a Tus; en doce años de matrimonio tampoco la había podido llevar ningún verano de vacaciones. Ella quería conocer Benidorm; con este fin trabajaba en la fábrica en la sección embalaje. Sólo había podido regalarle un abrigo sintético, imitación a visón, hacía dos años y aún estaba pagándolo a plazos.
Bebió un trago, dio una calada al habano, y al exhalar una columna de humo blanco maloliente que se alzaba hasta el techo, sus ojos sanguinolentos giraron y se perdieron mirando el sobre que le había entregado el joyero. Su imaginación voló a la velocidad del rayo hacia el verano. Si el resultado de su trabajo era convincente, con el dinero que recibiera del joyero podría terminar de pagar el abrigo y llevar a su mujer de vacaciones; incluso podrían salir del polvo, del olor a metal y de la rutina de Riópar y trasladarsen a vivir a otro lugar. No quería dormirse ni distraerse de esos pensamientos; quería ver cuajados esos propósitos, ennoblecer esos sentimientos de progreso que lo envolvían; tenía que poner los cinco sentidos para lograr la eficacia que el trabajo requería.
Madrugó. Quería comenzar a investigar a la joyera cuanto antes. Era sábado. La mañana despertó gélida y soleada. La ausencia de niebla le garantizaba poder seguirla con más comodidad y de largo. Con paso rápido, su instinto lo llevó hacia el bar de Manolo; la ubicación de éste, chaflán calle Valencia – Pº de los Plátanos, le permitía ver a la señora cuando saliera de su casa y saber qué dirección tomaba. Pidió un “tewi doble” (té con whisky). Como siempre que pedía esta consumición, el camarero, Manolo, relajó la boca con una sonrisa amplia y le dijo:
- Esto sí que es amor al elixir. Pronto empiezas a besarlo.
Por el rabillo del ojo percibió la salida de la joyera. Apuró el vaso de un trago; pagó y se colocó en la puerta, dispuesto a observar los movimientos de la investigada.
Había seguido a la consorte toda la mañana y ésta no había perpetrado nada que llamara su atención: entrar en la carnicería de Valentín y salir con una bolsa, entrar en la panadería de Luciano y salir con pan, entrar al estanco (donde no sólo venden tabaco sino también de casi todo lo que pidas) y salir con varias bolsas. En la Cruz de los Caídos se encontró con unas amigas, tan coquetas y repipis como ella. Con el periódico tapándose la cara se aproximó a ellas. A duras penas escuchó que quedaban a tomar café y pasteles después de comer en el bar de Manolo, mientras sus maridos echaban la partida. Por su ubicación fisgona, era el café más visitado del pueblo.
Ningún comportamiento justificaba los celos del marido.
Ante tanta naturalidad y orden, a Honorio se le languidecieron todos los anhelos que había proyectado la noche anterior. Intensificado por la claridad del día, con gesto de aflicción, el desaliento se le extendió desde los brazos hasta los hombros y se le bajó por arterias y venas hasta los pies, en una sacudida convulsiva y feroz. Pero, aunque sus quimeras habían caído en la sima más profunda de su alma, tenía que reponerse de su fiasco y continuar la exploración de los hábitos de la dama.
Con expresión conspiradora, a las tres de la tarde llegó a la plaza de Luis Escudero y se sentó en un banco, ocultando su figura tras la enyesada baranda blanca que rodeaba la plaza. Ningún transeúnte lo vería, pero él tenía a la vista la puerta de joyero y la del bar. Rascó una cerilla en el banco y encendió un habano. ¡Cómo echaba de menos un whisky! Enseguida vio entrar en el establecimiento a varias señoras, entre ellas la joyera. No sabía de qué hablaban, pero los gestos, el movimiento de las manos y las risas señalaban el grado de complicidad de las amigas y el júbilo del momento.
A las dieciséis cuarenta y cinco salieron; cariñosamente se besaron y se despidieron hasta el día siguiente.
Inesperadamente algo rompió su razonamiento: giraba por la calle del Pilar. Desde un ángulo de la plaza la vio meterse en el Cine Arias. Se quedó sorprendido. En ese momento no sabía qué evento había allí. El local era utilizado por lo jóvenes para representaciones teatrales, por los escolares, dirigidos por el profesor D. Juan Pedro García Larrosa, para actos culturales, y por el dueño del cine, D. Emiliano Valdelvira, quien, ayudado por sus tres hijos, realizaba proyecciones cinematográficas. La siguió, confiando que este fuera el desliz que esperaba. Oscuro y de poco público, el cine se prestaba a ser el nido gozoso de los supuestos enamorados. Se fijó en la cartelera: cine de terror:”Psicosis”. Su “humanismo fatalista,” le hizo blasfemar. Aspiró la última calada, apagó la colilla y pasó al cine. Había poca gente. Ya estaban poniendo el Nodo: Franco inaugurando un pantano. La penumbra le hacía titubear, hasta que distinguió, entre los destellos rojos de la pantalla, la silueta de la joyera. Estaba sola, relajada en la butaca de una fila central, de los números pares. Se situó en la última fila del cine, en los números impares.
Comenzó la película. El poder de sugestión de la música le hacía estremecerse; las imágenes le provocaban disgusto, repugnancia, pavor. En la historia todo era inquietante. Desde el mismísimo comienzo se iba dando a entender que algo horrible va a suceder. La voz en off, los primeros planos del dinero y del ojo de Norman, la caída de Arbogast... le horrorizaron. Empezó a bostezar. Sus manos se agitaban como perros asustados ante el ruido de un rayo. No podía fumar, no podía beber. Se le escapó un suspiro de conmiseración hacia él mismo. La espera de los 109 minutos que duraba la película era insoportable. Ella seguía sola. Se le cerraban los ojos de abatimiento y desasosiego.
Debió de dar alguna cabezada en el transcurso de la película, porque al escuchar un grito desgarrado y agudo, miró hacia el lugar en el que estaba sentada la joyera y contempló, absorto, que la señora no estaba sola. Había alguien a su lado. La penumbra era densa y no conseguía ver demasiado. Sólo distinguió que era alguien más alto que ella y que llevaba el cabello corto. No era necesario ver sus semblantes para adivinar la fascinación que sentían. Sus besos apasionados, profundos y largos evidencian la concupiscencia entre ambos. Se mantenían unidos,sin dejar de hacerse caricias. Cuando no lo besaba ella, el hombro de él era la almohada sobre la que ella reposaba la cabeza. Otras veces él estrechaba con su brazo los hombros de ella. No había dudas: él era el dueño de su corazón y de su cama.
Faltaba poco para terminar la película. Decidió esperar fuera. Frente a la puerta del cine había una calle estrecha, sin salida – la travesía del Pilar -. Se escondió allí para pasar inadvertido. Sacó la máquina del bolsillo de la chaqueta. Esa misma noche se pondría a averiguar la identidad del amante. Se congratuló por la eficiencia de su coraje. Cuando llegara a su casa le hablaría a su mujer de los planes que tenía para cuando recibiera el nutrido cheque.
Ya salían, cogidos de la mano, ensimismados, alegres, compartiendo caricias. Se aproximó a la pared para confundirse en la oscuridad y sacar las fotos, que serían el billete para su progreso. Circunscribió la imagen. Fue a disparar y… abatido se desplomó. El universo estalló en su cabeza. La sangre se acumulaba en el estómago. Una niebla densa le turbaba la vista. Estaba mareado. Sentía ganar de vomitar. No podía ser. Estaban besándose ante sus ojos la joyera y su amante, Nela ¡su mujer!