JARDÍN DE HARMONIE

JARDÍN DE HARMONIE
ANUESCA

LA MAESTRA

LA MAESTRA
PRIMER PREMIO DE PROSA

viernes, 12 de febrero de 2010

LA MAESTRA

LEMA: SINFONÍA INCOMPLETA

“No se puede razonar con los fanáticos.
Hay que ser más fuerte que ellos”.
Anónimo

LA MAESTRA

Sentada en el sillón, entre la pizarra gris y los mapas que colgaban mortecinos de la pared, su mente se agitaba entre recuerdos. Recuerdos amarillentos colocados en la estantería de la juventud. Su mirada, perdida entre las cabezas de los alumnos, buscaba en las zarzas del pasado el cimiento en el que apoyar las dudas. Dudas tristes y que, con el comienzo de un nuevo curso, habían arañado su corazón y lastimado su conciencia una vez más. No era tiempo de conmiseración, se decía. Debía encontrar el eslabón perdido, el trozo de vida que le habían arrancado. Su pensamiento se replegó hasta la fecha en la que le dieron el título de Maestra.

Aquel día estaba feliz. No sólo había terminado su carrera sino que, además, había conseguido el acceso directo a una plaza en la enseñanza. En septiembre tendría su escuela, su clase, sus alumnos. El 21 de junio de 1940 marcaba el principio de su nueva vida. El futuro lo señalaría ella. Si viviera su madre... ¡Cómo la echaba de menos! Pero la realidad es que estaba sola, o al menos así se sentía ella. A su padre le tiraba demasiado el vino; tanto como para acordarse escasamente que tenía una hija interna en un colegio. Eso sí: de mojas, muy bueno. Su único hermano estaba casado y vivía en otra ciudad; apenas lo veía.

Esta fue la primera ironía de su vida: frente a una sociedad patriarcal, machista y autoritaria, ella era libre; frente a una ley que, solapadamente, prohibía a la mujer incorporase a la educación superior, por considerarla inadecuada para las esposas, ella había estudiado Magisterio y Filología Hispánica. La única virtud que poseía, acorde con el franquismo, la Iglesia, y los valores que propugnaba La Sección Femenina era el nombre: Pura. Pero ¿era eso cierto?

El sonido de la campana la asustó, pero la sacó del tormento de verse reflejada en el espejo deforme que marcaba los ideales de mujer y de una buena maestra, en una sociedad arcaica y de apariencia, frente a su infierno interior. Había sufrido el desprecio y la tristeza del significado de la rigidez social.

Su mirada crítica a la moralidad del momento y su espíritu reivindicativo de libertad y autonomía de la mujer, pronto despertaron en ella sentimientos de solidaridad y compasión con el género femenino.

Las niñas se pusieron en fila para salir. Observadora, Pura escudriñaba con cautela las caras de sus nuevas alumnas. Había llegado destinada al pueblo hacía dos días. Todo era nuevo para ella. Bueno… todo, todo no. Los rasgos de María y su conducta despertaban en ella agitación. La niña la atraía como la luna a las mareas: alta, delgada, de tez canela, ojos negros y cabello castaño y rizado, ¿A quién le recordaba? Con tan solo nueve años, era de naturaleza intuitiva y emotiva, se expresaba con agilidad, perseverancia y suficiencia; era de mente y pensamiento firme.

Continuó la jornada con las madres. Quería que todas supieran leer y escribir. Su talento analítico y complaciente, su tendencia a armonizar y su capacidad de adaptación, lograron que, desde el primer día, las madres depositaran en ella su confianza y hablaran con llaneza de todo tipo de conflictos en las relaciones humanas.

En la oscuridad de sus deseos, desfilaron todas las familias de los pueblos por los que había pasado. Pero ella seguía errante. Errante en la vida y esclava de su sueño, tal vez utópico.

Este nuevo curso lo había empezado con dulzura cenicienta, con frenética ansiedad por enfrentarse a su verdad. En tan solo dos semanas conocía las confidencias de toda la comunidad escolar. La historia familiar de María la tenia muy nerviosa

Cierta mañana, en el recreo, se acerco a calmar a un grupo de alumnas que se encontraban muy agitadas. En el centro de ellas María lloraba desconsoladamente. Al preguntar la causa, sus compañeras dijeron que un grupo de niñas insultaba a María con frecuencia llamándola “expósita”. Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la maestra, mientras lanzaba al viento un suspiro de incierta esperanza. Con dulzura se llevó a la niña de la mano, como quien acaricia los pétalos sedosos de las rosas, secándole las lágrimas y haciéndole arrullos, entre misterio y mutismo. Hablaron en el despacho. A las dos las envolvía un universo de temores, de llanto, de silencio. Tal vez el sentimiento de Pura hacia la niña era una quimera, y, tal vez, el miedo de la niña hacia su maestra era la veracidad de su alias. La confesión de la pequeña puso el dedo en la llaga de la maestra. Estaba en el vórtice de su labor detectivesca desde hacía nueve años, los mismos que tenía María.

Una noche, mientras la luna dormía la nana en la sombra alargada de sus anhelos, unos golpes secos sonaron en la puerta. Con extrañeza y el corazón galopando como caballo desbocado, doña Pura se acercó a abrirla. Como una escultura deforme y lasa, con la nariz afilada, y un tímido hilo de sangre corriendo por la barbilla, apareció, Esperanza, la madre de María. Moribunda le dijo que había llegado su hora, que su enfermedad la había vencido. Desesperadamente le pidió que cuidara de su hija, entregándole unos documentos en los que, con letras góticas, se leía: Hospital de los Desamparados, 03-03-1949. VILLALEONA. El velo azulado del universo cayó sobre sus pies. A esa ciudad la llevó su padre cuando le dijo que estaba embarazada, confiándosela a las Carmelitas. En ese hospital la ingresaron las monjas en el momento del parto. Ese día nació su bebé. La Superiora, con gesto afligido y voz de tragedia griega, le dijo que había sido una niña, pero que había nacido muerta.
Al ojear el escrito, y ante el cuerpo despojado de vida de Esperanza, una sacudida violenta de amargura le recorrió el alma y una lágrima resbaló por su mejilla, y, ¡Qué ironía!, a la vez “algunas estrellas que se habían apagado, volvieron a brillar en su corazón”.

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