JARDÍN DE HARMONIE

JARDÍN DE HARMONIE
ANUESCA

LA MAESTRA

LA MAESTRA
PRIMER PREMIO DE PROSA

viernes, 12 de febrero de 2010

GIRA LA MENTE

“Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidar es el difícil para
quien tiene corazón”.
Gabriel García Márquez

Gira la mente tejiendo amapolas
de despedida.
Agoniza la tarde en el silencio
de la oquedad.
Y miro.
Miro
y vuelvo a mirar
la silla sedienta
de tu aroma,
humores desnudos del frío en la alcoba,
hundida en la niebla
de la soledad.

Mi grito rebelde retumba en las rocas
buscando tu huella
en la arena del mar.
Y olvido.
Olvido el olvido,
olvido sentencias,
olvido maitines lamiendo tinieblas,
ocasos de estío
con frío invernal.

Cenizas de un sueño quemado en jirones,
recorren verandas
de sinceridad,
querencia y lamentos
de un tiempo imperfecto,
silente y sonoro;
orgasmo y tormento
en nubes heladas
del verbo amar.

Emergiendo sirenas
de tu eco en mi estela,
se posan, sagaces,
en las sinfonías
de aquella orfandad,
y en lenta agonía,
elegante y altiva,
imploran vehementes retorno al lar.

Y sé,
sé con certeza ardiente en mi esencia
que el tiempo pasado,
violento o pausado,
no torna ya más.

HIJOS DEL MISMO PUEBLO

“La perla de la justicia brilla mejor en la concha de la misericordia”.
Santa Catalina De Siena

Curtidas las manos,
rotas en la espada de la tierra,
unos niños lloran,
gimen en silencio su miseria.

Voces blancas, explotadas,
harapientas,
voces lasas, adiestradas para la guerra.
Voces sollozantes todas,
en su vórtice infinito de inocencia.

Hirientes como saetas,
las punzadas del hambre las despierta,
las asedia entre rizomas de la nada,
entre violenta lascivia,
o entre obuses y metralla.

Recorriendo el horizonte entre la niebla de su infierno,
sus ojos,
luminosos como estrellas y agitados como vientos,
buscan clemencia y sustento a su impotencia y tormento.

Y esperanzados miran al mundo,
inflamando de humanismo el universo.
Una pregunta recorre su esperanza y su lamento:
¿por qué no seremos todos
hijos de un mismo pueblo?

Alicante, 6 de noviembre de 2009
Conchi Galindo

MIGUEL HERNÁNDEZ

MIGUEL HERNÁNDEZ


A caballo entre 1927 y 1936 avanza la figura de Miguel Hernández. Aunque tradicionalmente se le ha encuadrado en la generación del 36, mantuvo una mayor proximidad con la generación anterior, hasta el punto de ser considerado por Dámaso Alonso como epígono de la generación del 27; sin embargo es en Miguel Hernández en quien verdaderamente puede concentrarse y simbolizarse la literatura republicana de la guerra civil. Él era ya bien conocido antes de 18 de julio de 1936. Había empezado su sendero literario a los quince años. Su principal fuente de inspiración fue su entorno más inmediato: la huerta, el pastoreo, la montaña, el río… Aprovechaba cualquier momento para escribir. Incluso tenía que esconderse de su padre, que veía con recelo la actividad poética del joven.
Sus primeros poemas fueron ensayos creativos, en los que buscaba su propia identidad. Sus escritos empezaron a publicarse en la prensa local, después en la provincial.
Antes del inicio de la guerra (1933) salió Perito en lunas (prologado por su amigo Ramón Sijé), que es fruto de su descubrimiento del neogongorismo a partir de su primer viaje a Madrid y que, apartándose de su poesía anterior, hará de la metáfora su gran vehículo expresivo, y la fórmula maravillosa para transmutar y enriquecer la realidad. Técnica y lenguaje como los dos objetivos principales de su evolución hacia la madurez poética. El rayo que no cesa se editó en enero de 1936, y va a suponer la confirmación y plenitud de su palabra de poeta. Su gestación se había iniciado en 1934, tras su nuevo viaje a Madrid. La raíz vital, cordial, del libro está en su amor a Josefina Manresa
Tras varias estancias en Madrid, a partir de 1934 (su primer viaje fue en 1931) le ponen en contacto con Neruda, Alberti, García Lorca, Aleixandre. . . La muerte de su amigo de Ramón Sijé, a finales de 1935, le inspira uno de los más grandes poemas, como también son extraordinarias las odas que dedica a Neruda y a Aleixandre. Con todo, los poetas de Madrid, que le acogen amistosamente, no dejan de manifestar alguna reticencia ante quien, como dijo Neruda, “huele demasiado a Iglesia” (Estudió bachiller en los jesuitas. En 1935 aparece ya su crisis ideológica, personal y religiosa). El trato y amistad con los poetas de la República, por un lado, las circunstancias mismas de España, por otro, hacen que Miguel Hernández se vaya orientando hacia posiciones que serán definitivas durante la guerra. La ruptura con el pasado tradicional y religioso y su toma de conciencia social se manifiestan sin ambages en el poema Sonreidme.
Vengo muy satisfecho de librarme
de la serpiente de las múltiples cúpulas,
la serpiente escamada de casullas y cálices
. . .

Sonreidme, que voy
adonde estáis vosotros los de siempre,
. . .
A partir de entonces, también para Hernández, con su “cara de surco articulado”, como dijo de sí mismo, con su “cara de patata recién sacada de la tierra”, como dijo de él Neruda, las cosas estaban claras. Se incorporaba a la lucha contra el fascismo; es soldado en Jaén y en Teruel, recorre los frentes como comisario de la cultura de El Campesino, recita sus versos en las trincheras, escribe teatro, poemas, prosa. Aparece su Viento del pueblo (Valencia 1937), con una dedicatoria a Vicente Aleixandre, básica para comprender a Miguel Hernández:
“Vicente: a nosotros que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poeta la vida junto a todos los hombres. Nosotros venimos brotando del manantial de las guitarras acogidas por el pueblo, y cada poeta que muere deja en manos de otro, como una herencia, un instrumento que viene rodando desde la eternidad de la nada a nuestro corazón esparcido. . . Nuestro cimiento será siempre el mismo: la tierra. Nuestro destino es parar en las manos del pueblo. Sólo esas honradas manos pueden contener lo que la sangre del poeta derrama vibrante. Aquel que se atreve a manchar esas manos, aquellos que se atreven a deshonrar esa sangre, son los traidores asesinos del pueblo y la poesía, y nadie los lavará: en su, misma sociedad quedarán cegados…
Viento del pueblo representa la exaltación y el aliento, la fe y la esperanza del hombre, del soldado, todavía no abatidas por las sombras. El poeta suma su voz, como tantos otros, al romancero de la guerra con los romances Sentado sobre los muertos, Vientos del pueblo me llevan, Los cobardes, . . .
En 1937, al nacer su primer hijo, el poeta escribe un extraordinario poema de amor y de guerra, seguramente el más impresionante de todos los suyos y una de las más intensas composiciones amorosas desde los tiempos de Quevedo, Canción del esposo soldado:
He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero del surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
. . .
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo
. . .
En Plena contienda aparece El hombre acecha, dedicado esta vez a Pablo Neruda, de tono más meditativo, quizá desalentado, precursor de un final amargo y mezclado, a pesar de todo, con llamadas a la esperanza, a un futuro mejor, alegatos contra un pasado al que el poeta no quiere volver:
Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con jugos en el alma, con golpes en el lomo.
. . .
La preocupación y el dolor acumulados en El hombre acecha desembocan en una profunda y grave poesía, donde la voz de Miguel Hernández se alza a cumbres excepcionales de la lírica. Como dice en su poema, todo el desconsuelo telúrico cayó diluvialmente “sobre un pastor sediento”.
Al terminar la guerra, intentó refugiarse en Portugal, pero la política de Salazar lo devolvió a España. Comienza así una penosa peregrinación de cárcel en cárcel. Se le conmutó la pena de muerte por treinta años de prisión. Sigue escribiendo y son inolvidables Las nanas de la cebolla, dedicada a su hijo a raíz de recibir una carta de su mujer en la que le decía que no comía más que pan y cebolla.
Respecto a la preocupación anarquista por el teatro, es Miguel Hernández quien representa mejor que nadie el interés de la zona republicana por este arte. Ya antes de la guerra civil había escrito teatro, pero un drama en cuatro actos y en verso “Pastor de la muerte” de 1937/1938, es la aportación más importante de Miguel al teatro de la contienda, auténtica épica popular sobre la defensa de Madrid.
Con el título general de Teatro en la guerra publicó (Valencia 1937) cuatro breves piezas en prosa: “La cola”, una conversación de las sufridas madrileñas esperando turno ante una carbonería. “El hombrecillo”, la incorporación de un joven a las filas del Ejército Popular; “El refugiado”, un viejo campesino jiennense que se une a las tropas republicanas; “Los sentados” los indiferentes que terminan también en la lucha.
Más significativas que las cuatro piezas citadas, es la nota previa que las antecede, en la cual Hernández traza un auténtico manifiesto del teatro republicano:
Una de las maneras mías de luchar es haber comenzado a cultivar un teatro hiriente y breve: un teatro de guerra. . . Creo que el teatro es un arma magnífica de guerra contra el enemigo de enfrente y contra el enemigo de casa. Entiendo que todo teatro, toda poesía, todo arte, ha de ser, hoy más que nunca, un arma de guerra. . . Es la de hoy la hora más apropiada para mí; y no quiero dejarme dormir ni distraer, porque quiero ver cuajados los sentimientos y los pensamientos de mi gente en una vida de dignidad, de grandeza, y para eso pongo mis cinco sentidos en este trabajo de engrandecimiento, como puedo y sé, junto a los mejores hombres de España. . . Yo me digo: hay que sepultar las ruinas del obsceno y mentiroso teatro de la burguesía, de todas las burguesías y comodidades del alma, que todavía andan moviendo polvo y ruina en nuestro pueblo. . . Cuando descansemos de la guerra y la paz aparte los cañones de las plazas y los corrales de las aldeas españolas, me veréis por ellos celebrar representaciones de un teatro que será la vida misma de España, sacada limpiamente de sus trincheras, sus calles, sus campos y sus paredes.
Se ha dicho que el sacrificio de dos poetas, Federico García Lorca y Antonio Machado, marcan el inicio y el final de la guerra civil. Miguel Hernández murió en la cárcel de Alicante tres años después de acabada oficialmente la lucha, el 28 de marzo de 1942, aquello se llamaba ya posguerra.

Conchi Galindo Pedrosa


BIBLIOGRAFÍA

Historia de la Literatura Española. Volumen IV. Del realismo a nuestros días.
Historia Social de la Literatura Española
Enciclopedia Wikipedia

LA MAESTRA

LEMA: SINFONÍA INCOMPLETA

“No se puede razonar con los fanáticos.
Hay que ser más fuerte que ellos”.
Anónimo

LA MAESTRA

Sentada en el sillón, entre la pizarra gris y los mapas que colgaban mortecinos de la pared, su mente se agitaba entre recuerdos. Recuerdos amarillentos colocados en la estantería de la juventud. Su mirada, perdida entre las cabezas de los alumnos, buscaba en las zarzas del pasado el cimiento en el que apoyar las dudas. Dudas tristes y que, con el comienzo de un nuevo curso, habían arañado su corazón y lastimado su conciencia una vez más. No era tiempo de conmiseración, se decía. Debía encontrar el eslabón perdido, el trozo de vida que le habían arrancado. Su pensamiento se replegó hasta la fecha en la que le dieron el título de Maestra.

Aquel día estaba feliz. No sólo había terminado su carrera sino que, además, había conseguido el acceso directo a una plaza en la enseñanza. En septiembre tendría su escuela, su clase, sus alumnos. El 21 de junio de 1940 marcaba el principio de su nueva vida. El futuro lo señalaría ella. Si viviera su madre... ¡Cómo la echaba de menos! Pero la realidad es que estaba sola, o al menos así se sentía ella. A su padre le tiraba demasiado el vino; tanto como para acordarse escasamente que tenía una hija interna en un colegio. Eso sí: de mojas, muy bueno. Su único hermano estaba casado y vivía en otra ciudad; apenas lo veía.

Esta fue la primera ironía de su vida: frente a una sociedad patriarcal, machista y autoritaria, ella era libre; frente a una ley que, solapadamente, prohibía a la mujer incorporase a la educación superior, por considerarla inadecuada para las esposas, ella había estudiado Magisterio y Filología Hispánica. La única virtud que poseía, acorde con el franquismo, la Iglesia, y los valores que propugnaba La Sección Femenina era el nombre: Pura. Pero ¿era eso cierto?

El sonido de la campana la asustó, pero la sacó del tormento de verse reflejada en el espejo deforme que marcaba los ideales de mujer y de una buena maestra, en una sociedad arcaica y de apariencia, frente a su infierno interior. Había sufrido el desprecio y la tristeza del significado de la rigidez social.

Su mirada crítica a la moralidad del momento y su espíritu reivindicativo de libertad y autonomía de la mujer, pronto despertaron en ella sentimientos de solidaridad y compasión con el género femenino.

Las niñas se pusieron en fila para salir. Observadora, Pura escudriñaba con cautela las caras de sus nuevas alumnas. Había llegado destinada al pueblo hacía dos días. Todo era nuevo para ella. Bueno… todo, todo no. Los rasgos de María y su conducta despertaban en ella agitación. La niña la atraía como la luna a las mareas: alta, delgada, de tez canela, ojos negros y cabello castaño y rizado, ¿A quién le recordaba? Con tan solo nueve años, era de naturaleza intuitiva y emotiva, se expresaba con agilidad, perseverancia y suficiencia; era de mente y pensamiento firme.

Continuó la jornada con las madres. Quería que todas supieran leer y escribir. Su talento analítico y complaciente, su tendencia a armonizar y su capacidad de adaptación, lograron que, desde el primer día, las madres depositaran en ella su confianza y hablaran con llaneza de todo tipo de conflictos en las relaciones humanas.

En la oscuridad de sus deseos, desfilaron todas las familias de los pueblos por los que había pasado. Pero ella seguía errante. Errante en la vida y esclava de su sueño, tal vez utópico.

Este nuevo curso lo había empezado con dulzura cenicienta, con frenética ansiedad por enfrentarse a su verdad. En tan solo dos semanas conocía las confidencias de toda la comunidad escolar. La historia familiar de María la tenia muy nerviosa

Cierta mañana, en el recreo, se acerco a calmar a un grupo de alumnas que se encontraban muy agitadas. En el centro de ellas María lloraba desconsoladamente. Al preguntar la causa, sus compañeras dijeron que un grupo de niñas insultaba a María con frecuencia llamándola “expósita”. Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de la maestra, mientras lanzaba al viento un suspiro de incierta esperanza. Con dulzura se llevó a la niña de la mano, como quien acaricia los pétalos sedosos de las rosas, secándole las lágrimas y haciéndole arrullos, entre misterio y mutismo. Hablaron en el despacho. A las dos las envolvía un universo de temores, de llanto, de silencio. Tal vez el sentimiento de Pura hacia la niña era una quimera, y, tal vez, el miedo de la niña hacia su maestra era la veracidad de su alias. La confesión de la pequeña puso el dedo en la llaga de la maestra. Estaba en el vórtice de su labor detectivesca desde hacía nueve años, los mismos que tenía María.

Una noche, mientras la luna dormía la nana en la sombra alargada de sus anhelos, unos golpes secos sonaron en la puerta. Con extrañeza y el corazón galopando como caballo desbocado, doña Pura se acercó a abrirla. Como una escultura deforme y lasa, con la nariz afilada, y un tímido hilo de sangre corriendo por la barbilla, apareció, Esperanza, la madre de María. Moribunda le dijo que había llegado su hora, que su enfermedad la había vencido. Desesperadamente le pidió que cuidara de su hija, entregándole unos documentos en los que, con letras góticas, se leía: Hospital de los Desamparados, 03-03-1949. VILLALEONA. El velo azulado del universo cayó sobre sus pies. A esa ciudad la llevó su padre cuando le dijo que estaba embarazada, confiándosela a las Carmelitas. En ese hospital la ingresaron las monjas en el momento del parto. Ese día nació su bebé. La Superiora, con gesto afligido y voz de tragedia griega, le dijo que había sido una niña, pero que había nacido muerta.
Al ojear el escrito, y ante el cuerpo despojado de vida de Esperanza, una sacudida violenta de amargura le recorrió el alma y una lágrima resbaló por su mejilla, y, ¡Qué ironía!, a la vez “algunas estrellas que se habían apagado, volvieron a brillar en su corazón”.