JARDÍN DE HARMONIE

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ANUESCA

LA MAESTRA

LA MAESTRA
PRIMER PREMIO DE PROSA

sábado, 20 de diciembre de 2008

La plaza

TÍTULO LA PLAZA


I

Con su bastón inseguro, pasos cortos y manos trémulas, Severiano se adentró en el Parque de los Siete Pinos. Iba con frecuencia a aquel lugar; quizá porque en ese paraje se respiraba paz, o, tal vez, porque el nombre, y ese árbol, por antonomasia, evocaba su infancia y juventud. No lo sabía, pero al entrar en aquella angosta plaza, rememoraba su pueblo; Fábricas de San Juan de Alcaraz. Pinos, de multitud de pinos había estado él rodeado hasta que a los veintiún años se fue a la mili, a Ceuta. Allí conoció a la que sería su mujer. La vida había sido muy dura con él y los tiempos muy difíciles para todos. Había tenido que soportar la guerra civil, y aunque su familia estaba en el bando de los vencedores, y la necesidad y carencias se soportaba mejor en los pueblos que en las ciudades, el hambre, el estraperlo, las cartillas de racionamiento y la miseria había llegado a todos por igual, ganadores y vencidos, todos los obreros de la fábrica habían quedado pobres. Aún recordaba que en 1936 se hizo cargo de la Compañía las fuerzas gubernamentales y la fabricación estuvo dedicada a la construcción de material bélico, y que tras la contienda, se volvió a fabricar bienes de consumo y orfebrería religiosa.
¿ Qué sería de aquella fábrica? Y ¿ Qué habría sido de él si hubiera regresado a su pueblo?

Hoy, viudo, solo y anciano, aún seguía recordando y saboreando aquel recóndito lugar. ¿ Dónde estarían sus hermanos? Cuando él salió para la mili, tenía dos: Juan y Dolores. La guerra, la falta de comunicaciones, el no saber escribir… había hecho que perdiera el contacto con su familia.

Sereno de ánimo, con la mirada perdida en el horizonte, Severiano se sentó en un banco. Le gustaba contemplar, en días estivales, la puesta de sol desde aquel punto. Era como si estuviera sentado en casa de sus padres, en El Arrecife, entre El Laminador y el Control. Desde allí vislumbraba algunos caseríos, algunos huertos y por encima de todo: pinos, montes de pinos. Pinos piñoneros, pinos con olor a paraíso, pinos que abrazaban las luces y las sombras de los días y las noches, de las alegrías y las tristezas, de la vida: de la esencia misma de la vida adusta, sencilla y tierna.

La imaginación de Severiano empezó a volar: se veía sentado en la Plaza de Luís Escudero, con el Ayuntamiento y el Colegio Nacional preparados para inaugurarlos, con olor a futuro y a esperanza. En su espejismo, veía la plaza rodeada de árboles plataneros recién plantados y en el centro una piscina con un guardián en cada esquina y engalanada con flores vistosas. Lo curioso de esta plaza era que a quien pisara las flores, un municipal, Adame, le ponía una multa. También estaba en proyecto hacer allí un mercado. Pero, él no pudo ir al colegio, trabajaba en la fábrica para apoyar la escasa economía familiar; tampoco pudo ir a comprar al mercado; era sólo un bonito proyecto de D. Luis, que aún no se había empezado.

Una y otra vez se preguntaba qué habría sido de aquella bonita plaza ¿habrían hecho pisos en ella? , ¿una urbanización?, ¿tal vez un parque? o ¿seguiría siendo una plaza?

Absorto en sus pensamientos, viajó a aquellos lejanos años, aunque para él, aún estaban presentes y frescos en su memoria ¡cuánto le gustaría regresar!

II.

Hace unos días, un amigo me invitó a visitar el Nacimiento del Río Mundo, lugar apacible que duerme mecido por los años, donde se siente con profundidad el goce íntimo y callado del calor de hogar; ese pueblo en el siempre piensas cuando cuentas un cuento.

Recorrimos lugares ancestrales, montes recostados en legendarias rocas calizas, tapizados de arjuma, romero, helechos, alábega, donde el agua brota en cuevas y laderas. Estas sierras esconden rincones de enorme belleza que, privilegiadas por la naturaleza, merecen un cuidado especial. Su música forma el pentagrama del alma del pueblo.

Cuándo el visitante llega a Riópar, su sorpresa va en aumento. Cada palmo que se adentra en esta sierra el verdor, lo abrupto de los impresionantes macizos pétreos y la abundancia de agua, lo transportan a un ignorado paraje que nada tiene que ver con el paisaje de La Mancha.

Visitamos:
- Los Chorros, tremendamente escarpados, donde el agua labró los impresionantes acantilados. En el centro de un gran cortado aparece la cueva que lleva este nombre, dando lugar a varias cascadas que se remansan en cristalinas pozas, formando lo que los lugareños denominan “Calderetas” La belleza de estos paisajes cautivaron a muchos escritores, según nos contó una señorita de Información y Turismo. Nos dijo que
“…ya en el sigo XI los describió el árabe Alzhuri; que también recogieron comentarios sobre ellos plumas tan autorizadas como la de don Alfonso XI, quien dedica un capítulo de su celebérrimo Libro de Montería, describiendo en él nueve montes de oso y la forma de cazarlos, en el término de Riópar, el primero de los cuales es precisamente Los Chorros; que una mención importante es un manuscrito anónimo del siglo XV, encontrado por el insigne duque de Almazán en el Museo Británico; que también Quevedo lo citó en un soneto; que en el siglo XVIII ya le merecía al Padre Morote la descripción de Los Chorros nueve veces más espacio que la del nacimiento del Ebro…”
- El Charco de las Truchas, cerca del nacimiento del Río Mundo. Rodeado de gran variedad de árboles de distintos tipos, se encuentra casi oculto por la vegetación: En un pequeño lago de agua nada la trucha común. Este paraje conserva casi intacto su encanto porque sólo se puede acceder a él andando. Su silencio sólo se rompe con el trino de algún pájaro o con el chapoteo de alguna trucha, saltando del agua para capturar alguna mosca.
- Fuente Grande , La Celada, Arroyofrío…
-. Nos detuvimos en Riópar Viejo, arquitectura rancia, con marcado carácter del medievo, presidida por los restos del castillo fortaleza islámico, reconstruido en época cristiana, donde en la actualidad hay un cementerio, cuyos enterramientos datan del siglo XVIII - XIX, y la iglesia del siglo XV. Otro camposanto vimos frente a la iglesia, en la plaza de la antigua villa. Su aspecto descuidado - donde las hierbas crecen, cubren lápidas y cruces, y se secan silenciosas, y donde el anonimato, la soledad y el silencio tan sólo es interrumpido por algún forastero ocioso- hizo que la curiosidad de saber la fecha de esos enterramientos, y la relación cronológica de los dos cementerios se apoderara de mí. Una foto fría y amarilla que descollaba en una lápida de un pequeño panteón familiar me sobresaltó y me transportó a mi infancia, al parque de mi ciudad.

III


Cuando yo era niño iba a jugar al Parque de los Siete Pinos con mis amigos. Allí veíamos, sentado siempre en el mismo banco, a un señor enlutado, enjuto, con el rostro erosionado por los años que, cabizbajo y meditabundo, con la mirada perdida en el horizonte, miraba al infinito. A veces nos daba caramelos y nos contaba historias de su infancia. ¡Era él! ¡ Era Severiano, el de los caramelos! Rápidamente cogí un papel y limpié para poder leer su inscripción: Severiano Bermúdez Alcaraz “El ceutí” 1930 – 2010.

Entonces comprendí su mirada: no estaba perdida, su blanco era Riópar.

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