JARDÍN DE HARMONIE

JARDÍN DE HARMONIE
ANUESCA

LA MAESTRA

LA MAESTRA
PRIMER PREMIO DE PROSA

domingo, 4 de marzo de 2012

ENTREGA PREMIO RELATOS DE OTOÑO

CUÉNTAME UN CUENTO




CUÉNTAME UN CUENTO

Había una vez dos hermanos, Sergio y Francisco, que adoraban a su abuela. Era sabia. ¡Cuántas historias les contaba de sus viajes! Vivían en la ciudad con sus padres, pero las vacaciones las pasaban con ella en un pequeño pueblo de montaña, rodeado de dos inmensos valles separados por el río Mundo. Eran felices cuando ella les contaba un cuento, pero un cuento de los suyos, no de los que se leían. Las palabras de la abuela eran mágicas, su voz los hechizaba. Los niños vivían las aventuras como protagonistas de las hazañas de la abuela. A veces, los pequeños pensaban que sabía tanto porque no dormía, pasaba las noches en vela, entre columnas de humo, café y libros.

Una noche les contó que al mayor, a Sergio, lo habían bautizado con agua del río Mundo, mandada traer desde allí por su madre a un lugareño, tío suyo.

- Abuela no nos has llevado a ver dónde nace el río Mundo, manifestó Sergio

- Uhhhhh, la senda que lleva hasta el nacimiento es complicada y peligrosa, no es apta para personas inexpertas y está prohibido subir a los niños. Yo tampoco he subido nunca, pero he llegado a conocerla a través de las narraciones y los vídeos que han hecho de ella los espeleólogos que han entrado.

El hermano pequeño, Francisco, que era muy obstinado, refunfuño que no se dormiría hasta que no les contase el cuento del río Mundo.

- Hace mucho, mucho tiempo, existía en Riópar la Ciudad de las Hadas, enclavada en el Calar del Mundo. Este Calar es una gran montaña formada por rocas calizas, como si fueran una gran esponja. Debido a su composición, el agua y la nieve se filtran, originando un laberinto de túneles, galerías, lagos y cuevas comunicados por estrechos conductos, y un río, el Mundo, que aparece y desaparece, hasta que el agua encuentra un punto de salida en la Cueva de los Chorros, entonces se precipita por las rocas, formando una gran cascada espigada y zigzagueante. De dimensiones colosales, la boca de esta cueva es misteriosa y atractiva, de allí sale un viento frío y tenebroso. Su interior forma parte de un paisaje enigmático y milenario. En esta vetusta cueva se asentaba la Ciudad Mágica de las Hadas. Allí convivían todo tipo de ninfas, con distinto tamaño, aspecto y color. Cada clan tenía una misión:

 Las hadas madrinas eran las más mayores, vivían en la Gruta Imperial, tenían alas, su vestido era azul celeste y podían ir al Mundo Real para proteger a los niños.
 Las hadas bondadosas eran diminutas, vivían en el Lago Azul y su vestido era de polvo de estrellas níveas.
 Las hadas del tiempo vestían de los dorados rayos del sol, vivían en el vestíbulo y se preocupaban de dar más horas de luz a quienes las necesitaran.
 Las hadas vanidosas eran las más bellas y elegantes, su vestido era de polvo de nubes rojas, con un gran sombrero rojo y blanco y botas de igual color. Vestían así para que todos los habitantes de la ciudad las admiraran. Además de presumidas, les gustaba escudriñar en todos los asuntos de los demás.

Para llegar a la cueva había grandes senderos llenos de flores, con olor a flora húmeda y sonidos silvestres, cascadas de agua diáfanas y árboles que daban sombra a la vereda. Cada camino estaba protegido por un Elfo, porque los dragones, ogros y brujas convivían en el Bosque Mágico del Mundo, esperando adueñarse de la ciudad encantada de las hadas.
Un día pasó por allí el dios Tifón y se quedó maravillado del prodigio que la naturaleza había obrado en aquel lugar, y también quiso quedarse.

- Abuela, ¿quién es el dios Tifón?, preguntó Sergio.

- El dios Tifón, siguió la abuela contando, es un monstruo amorfo y alado, tan alto que puede alcanzar las estrellas. Su cabeza es de dragón gigante, sus brazos son largos como el horizonte, sus carnosas manos son una enorme masa escamosa y escurridiza, sus desmesurados dedos serpientes peludas y sus uñas espadas. Puede incendiar todo lo que se le cruce por su mirada, vomitar fuego y lava por su boca, talar árboles y crear huracanes y terremotos moviendo las alas.

- ¡Qué miedo!, exclamó Francisco.

- Las hadas vanidosas, continuó la abuela, no le dejaron entrar a la Ciudad Mágica y él, lleno de cólera y soberbia, con sus poderes, rompió todas las vías de acceso a la cueva, transformándola en un paredón pétreo, abrupto y escarpado. Los lugareños, conmocionados por el suceso, se solidarizaron con los habitantes de la Ciudad Mágica de las Hadas y trazaron una ruta para llegar a la gruta: pusieron piedras para cruzar el río y señalaron el camino con tiza blanca en los árboles; pero era muy difícil subir, no pudieron trazar ni puentes ni pasarelas que salvaran el precipicio. Murieron varias personas que, inexpertas y sin la preparación adecuada, intentaron subir. Afirman que ese valle está embrujado, que los espíritus de los que allí han fallecido salen por las noches a ensamblar rocas para que sea más fácil el acceso. Quienes han subido aseguran que es un prodigio de la Naturaleza. Las estalagmitas y estalactitas, con multitud de formas y colores, se suceden en columnas continuamente y se entrelazan con lagos de alegres aguas cristalinas. Es un lugar singular y mágico.
Las visitantes que desean dar un homenaje a los sentidos, se citan en este espacio natural protegido, situado a caballo entre la Sierra del Segura y la de Alcaraz.
Y colorín colorado…

- Abuela, pero ¿cuándo nos vas a llevar a ver la cueva de los Chorros?, conminó Sergio.

- Otro día, contestó la abuela.

Francisco no pudo preguntarle nada porque antes de que terminara el cuento se había quedado dormido.

miércoles, 31 de agosto de 2011

RECORDANDO A CONSUELO GARCÍA LARROSA


RECORDANDO A CONSU

Se me nublan los sentidos
cuando miro atrás y veo
varias niñas paseando,
por el mundo de los sueños,
varias niñas riopenses
que se cuentan sus anhelos.

Ana, Alicia, Rosario, Consuelo…

Consuelo, amiga…Tu esencia invade mi pensamiento.

Tus ojos eran poesía enamorada del viento
y tu cara una estrella que calentaba en invierno.
Tu sonrisa era infinita, cariñosa y de aliento,
y tu piel era suave, muy blanca de terciopelo.

Un día gris de enero
sucumbiste al silencio más perfecto,
dejaste tu maleta colmada de ilusiones,
y te fuiste mar adentro.
Pararon los carillones,
y la tierra, para ti, se quedó sin movimiento.

Enmudecieron
los lápices del colegio aquella tarde,
cuando la “dama de negro”, desolada, fue a buscarte.

Tú,
bien lo sabes.
A las once de la noche
se callaron las campanas y sonaron los timbales.

Un 18 de enero. Pronto para ti fue tarde.

Se rompieron las palabras
y los números,
inanes,
se durmieron en las mesas de los niños de tu clase.

Tú que eras
la esperanza vestida de paciencia,
la bondad vestida de ilusión,
la alegría vestida de elocuencia,
y la constancia vestida de atención.




Hoy moras en los jardines del recuerdo,
caminas por parterres de ascensión,
brillas con la luz del firmamento,
y te bañas
en el bálsamo de la diosa del amor.

Los alumnos de ti cantan elogios;
a tu arrullo su afecto siempre dan,
esos críos que aprendieron a leer
con su maestra, para ellos inmortal,

Consu, amiga.
No puedo decirte adiós,
pues no te has ido del todo,
en cada riopense has dejado
un trocito de ti en nuestro corazón.

martes, 30 de agosto de 2011

¡DE DÓNDE SOY?

¿De dónde soy, Señora Concejala de Cultura de Riópar?

Toda la vida pensé que era de Riópar porque allí están enterrados todos mis antepasados, incluído mi padre, allí nacieron varios hermanos, allí vive mi madre y dos de elos, allí pasé mi infancia, mi adolescencia, mi juventud; allí tengo mi casa, allí sigo yendo con frecuencia, allí paso mis vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Pues NO, NO SOY DE RIÓPAR, o al menos así lo han considerado el alcalde de este pueblo y su concejala de cultura. El acto de nacer no fue en Riópar. Mi madre se fue a dar a luz a casa de mi abuela, y como ésta vivía en Bogarra... pues yo nací en Bogarra. Hace muchos años, todos los que tengo, obligatoriamente había que inscribir a los niños en el lugar donde nacían. Ahora pueden inscribirlos donde quieran los padres pues, si no fuera así, como sucedió, todos eran de Albacete, ya que de todos los pueblos iban a dar a luz al único hospital que existía de la capital. Volviendo a mí, a la semana de vida mi madre me llevó a la casa familiar de Riópar y de este pueblo es de dónde yo tengo todas mis referencias y mis señas de identidad. He de decir que Riópar es un pueblo pequeño de la sierra con apenas 1200 habitantes, contando a los de las pedanías. Por supuesto nos conocemos todos y a varias generaciones de cada familia. La señora Concejala de Cultura ¿Puede decir lo mismo?

Al comentar esto con el Alcalde, por este mismo medio, el 11 de agosto , y viendo que las bases del certamen literario no eran las correctas para un pueblo de tan pocos habitantes, me dio esta respuesta:

"Efectivamente, por eso aunque haya gente que en su partida de nacimiento aparezca otro lugar, se considerara de Riopar, aun así es un buen punto de vista para modificar y mejorar las bases, un abrazo"

¿Dónde está la palabra de este señor, por ende abogado,? He participado en un certamen local de Riópar y a la vez que me han premiado el trabajo, me han quitado el premio, por no ser de allí, según consta en el papel que me han entregado. He de decir que desde hace año y medio, por problemas de salud he tenido que empadronarme en otro lugar, pero esto no quita para seguir siendo de Riópar. LA PALABRA, AÚN ESCRITA, PARA ALGUNOS, NO TIENE VALOR

Tienes poca palabra, Javi. Si lees la contestación que me diste a la observación que te hice, respecto al certamen, verás como te contradices. Fue el 11 de agosto. Evidentemente las bases, en el premio local, cerraba la posibilidad de concursar a los que verdaderamente estamos vinculados a Riópar. Cualquier persona que se empadronase el día 7 de agosto tenía la posibilidad de concursar, en contra de los que hemos vivido allí toda la vida y tenemos a Riópar como nuestras señas de identidad.
Me habeis hecho mucho daño al no reconocer vuestro propio error al redactarlas bases y negarme mis señas de identidad. Por si te sirve mi experiencia en estos tema, y como crítica constructiva, te dire que en las bases tendría que haber puesto: "El premio local queda reservado a autores naturales, residentes , que hayan residido o estén vinculados a Riópar". Un saludo

viernes, 11 de febrero de 2011

NOS DEJÓ CONSUELO EL18/1/11

En el silencio de la desesperanza lloramos tu ausencia. La impotencia por retenerte es nuestra espada

domingo, 20 de junio de 2010

ELLA NO ESTÁ SOLA

ELLA NO ESTÁ SOLA

Albert Einstein
“El amor por la fuerza nada vale, la fuerza sin amor es energía gastada en vano”.
De una pequeña casa de la calle Huertas salió un hombre pálido a las seis de la tarde, por un momento fantasma andante, hasta que la luz tenue de la última hora del atardecer derrotó ese aspecto funesto que caracteriza la agonizante fatiga de una jornada de trabajo. La cara, macilenta y amarga, consumida por el cansancio y la pesadumbre, se le hundía en un mostacho medio cano y mal trazado. Las manos le caían aleteantes y flojas. Era invierno; a esa hora Riópar está en penumbra. La oscuridad baja pronto desde las montañas que la rodean. De las casas salían olores pardos de grasas y de especias que se unían en el cielo con el humo de las chimeneas. Pucheros cociendo al amor de la lumbre desprendían vapores dulzones, esperando a los hombres para la cena. En el lado opuesto del pueblo, caminaba lentamente Gerardo Pérez, el cabrero, dejando cada animal con su amo. Recogía las cabras a las ocho de la mañana y las conducía al Coto para que pacieran. Todos los días regresaba al pueblo a las seis en punto de la tarde, cuando tocaba la sirena de la fábrica y lo obreros empezaban su jornada de descanso, o de cambio de trabajo, porque todos los trabajadores de la Industrial tenían un huerto para autoabastecerse de productos hortícolas, una ayuda que paternalmente les concedían los dueños de la misma, un apoyo a la escasa economía familiar.
Las calles, empedradas, delataban pequeñas obras de infraestructura. A lo largo de ellas habían abierto zanjas para instalar la red de alcantarillado. Los polvorientos escaparates casi vacíos de las tiendas evidenciaban la restricción económica de la España profunda de los años sesenta. Cerca de la Plaza, tan sólo un comercio lucía levemente un panel de neón parpadeante en el que se podía deletrear: “Joyería Rubí”. En el lateral derecho de la puerta brillaba una placa de latón, grabada por Crisantos, en ella se informaba textualmente: “Si no puedes pagar, no entres. Aquí no fiamos. Gracias amigo.
Honorio, un detective hellinero, casado y afincado en Riópar, bajaba pausado por la Travesía de Los Plátanos, siguió por el Paseo de los Plátanos y giró por la calle Valencia. A la altura de la joyería se paró a observar a los viandantes; con cautela se acercó al hueco acristalado para escudriñar su interior; había un señor solo. Entró. Era el dueño, quien con parcas palabras le entregó un sobre. Honorio lo abrió con dilatada parsimonia y con un gesto de cabeza asintió. Salió del comercio apresurado.
Al llegar a su casa, el investigador se remoloneó en un sillón con un vaso de whisky en la mano. El whisky y los puros habanos eran sus dos pasiones. La mujer y su profesión eran sólo monotonía y desazón. El trabajo, más que satisfacción, le traía distanciamiento con sus paisanos; a la mujer no podía darle todo lo que se merecía. No la pudo llevar de viaje de novios a Tus; en doce años de matrimonio tampoco la había podido llevar ningún verano de vacaciones. Ella quería conocer Benidorm; con este fin trabajaba en la fábrica en la sección embalaje. Sólo había podido regalarle un abrigo sintético, imitación a visón, hacía dos años y aún estaba pagándolo a plazos.
Bebió un trago, dio una calada al habano, y al exhalar una columna de humo blanco maloliente que se alzaba hasta el techo, sus ojos sanguinolentos giraron y se perdieron mirando el sobre que le había entregado el joyero. Su imaginación voló a la velocidad del rayo hacia el verano. Si el resultado de su trabajo era convincente, con el dinero que recibiera del joyero podría terminar de pagar el abrigo y llevar a su mujer de vacaciones; incluso podrían salir del polvo, del olor a metal y de la rutina de Riópar y trasladarsen a vivir a otro lugar. No quería dormirse ni distraerse de esos pensamientos; quería ver cuajados esos propósitos, ennoblecer esos sentimientos de progreso que lo envolvían; tenía que poner los cinco sentidos para lograr la eficacia que el trabajo requería.
Madrugó. Quería comenzar a investigar a la joyera cuanto antes. Era sábado. La mañana despertó gélida y soleada. La ausencia de niebla le garantizaba poder seguirla con más comodidad y de largo. Con paso rápido, su instinto lo llevó hacia el bar de Manolo; la ubicación de éste, chaflán calle Valencia – Pº de los Plátanos, le permitía ver a la señora cuando saliera de su casa y saber qué dirección tomaba. Pidió un “tewi doble” (té con whisky). Como siempre que pedía esta consumición, el camarero, Manolo, relajó la boca con una sonrisa amplia y le dijo:
- Esto sí que es amor al elixir. Pronto empiezas a besarlo.
Por el rabillo del ojo percibió la salida de la joyera. Apuró el vaso de un trago; pagó y se colocó en la puerta, dispuesto a observar los movimientos de la investigada.
Había seguido a la consorte toda la mañana y ésta no había perpetrado nada que llamara su atención: entrar en la carnicería de Valentín y salir con una bolsa, entrar en la panadería de Luciano y salir con pan, entrar al estanco (donde no sólo venden tabaco sino también de casi todo lo que pidas) y salir con varias bolsas. En la Cruz de los Caídos se encontró con unas amigas, tan coquetas y repipis como ella. Con el periódico tapándose la cara se aproximó a ellas. A duras penas escuchó que quedaban a tomar café y pasteles después de comer en el bar de Manolo, mientras sus maridos echaban la partida. Por su ubicación fisgona, era el café más visitado del pueblo.
Ningún comportamiento justificaba los celos del marido.
Ante tanta naturalidad y orden, a Honorio se le languidecieron todos los anhelos que había proyectado la noche anterior. Intensificado por la claridad del día, con gesto de aflicción, el desaliento se le extendió desde los brazos hasta los hombros y se le bajó por arterias y venas hasta los pies, en una sacudida convulsiva y feroz. Pero, aunque sus quimeras habían caído en la sima más profunda de su alma, tenía que reponerse de su fiasco y continuar la exploración de los hábitos de la dama.
Con expresión conspiradora, a las tres de la tarde llegó a la plaza de Luis Escudero y se sentó en un banco, ocultando su figura tras la enyesada baranda blanca que rodeaba la plaza. Ningún transeúnte lo vería, pero él tenía a la vista la puerta de joyero y la del bar. Rascó una cerilla en el banco y encendió un habano. ¡Cómo echaba de menos un whisky! Enseguida vio entrar en el establecimiento a varias señoras, entre ellas la joyera. No sabía de qué hablaban, pero los gestos, el movimiento de las manos y las risas señalaban el grado de complicidad de las amigas y el júbilo del momento.
A las dieciséis cuarenta y cinco salieron; cariñosamente se besaron y se despidieron hasta el día siguiente.
Inesperadamente algo rompió su razonamiento: giraba por la calle del Pilar. Desde un ángulo de la plaza la vio meterse en el Cine Arias. Se quedó sorprendido. En ese momento no sabía qué evento había allí. El local era utilizado por lo jóvenes para representaciones teatrales, por los escolares, dirigidos por el profesor D. Juan Pedro García Larrosa, para actos culturales, y por el dueño del cine, D. Emiliano Valdelvira, quien, ayudado por sus tres hijos, realizaba proyecciones cinematográficas. La siguió, confiando que este fuera el desliz que esperaba. Oscuro y de poco público, el cine se prestaba a ser el nido gozoso de los supuestos enamorados. Se fijó en la cartelera: cine de terror:”Psicosis”. Su “humanismo fatalista,” le hizo blasfemar. Aspiró la última calada, apagó la colilla y pasó al cine. Había poca gente. Ya estaban poniendo el Nodo: Franco inaugurando un pantano. La penumbra le hacía titubear, hasta que distinguió, entre los destellos rojos de la pantalla, la silueta de la joyera. Estaba sola, relajada en la butaca de una fila central, de los números pares. Se situó en la última fila del cine, en los números impares.
Comenzó la película. El poder de sugestión de la música le hacía estremecerse; las imágenes le provocaban disgusto, repugnancia, pavor. En la historia todo era inquietante. Desde el mismísimo comienzo se iba dando a entender que algo horrible va a suceder. La voz en off, los primeros planos del dinero y del ojo de Norman, la caída de Arbogast... le horrorizaron. Empezó a bostezar. Sus manos se agitaban como perros asustados ante el ruido de un rayo. No podía fumar, no podía beber. Se le escapó un suspiro de conmiseración hacia él mismo. La espera de los 109 minutos que duraba la película era insoportable. Ella seguía sola. Se le cerraban los ojos de abatimiento y desasosiego.
Debió de dar alguna cabezada en el transcurso de la película, porque al escuchar un grito desgarrado y agudo, miró hacia el lugar en el que estaba sentada la joyera y contempló, absorto, que la señora no estaba sola. Había alguien a su lado. La penumbra era densa y no conseguía ver demasiado. Sólo distinguió que era alguien más alto que ella y que llevaba el cabello corto. No era necesario ver sus semblantes para adivinar la fascinación que sentían. Sus besos apasionados, profundos y largos evidencian la concupiscencia entre ambos. Se mantenían unidos,sin dejar de hacerse caricias. Cuando no lo besaba ella, el hombro de él era la almohada sobre la que ella reposaba la cabeza. Otras veces él estrechaba con su brazo los hombros de ella. No había dudas: él era el dueño de su corazón y de su cama.
Faltaba poco para terminar la película. Decidió esperar fuera. Frente a la puerta del cine había una calle estrecha, sin salida – la travesía del Pilar -. Se escondió allí para pasar inadvertido. Sacó la máquina del bolsillo de la chaqueta. Esa misma noche se pondría a averiguar la identidad del amante. Se congratuló por la eficiencia de su coraje. Cuando llegara a su casa le hablaría a su mujer de los planes que tenía para cuando recibiera el nutrido cheque.
Ya salían, cogidos de la mano, ensimismados, alegres, compartiendo caricias. Se aproximó a la pared para confundirse en la oscuridad y sacar las fotos, que serían el billete para su progreso. Circunscribió la imagen. Fue a disparar y… abatido se desplomó. El universo estalló en su cabeza. La sangre se acumulaba en el estómago. Una niebla densa le turbaba la vista. Estaba mareado. Sentía ganar de vomitar. No podía ser. Estaban besándose ante sus ojos la joyera y su amante, Nela ¡su mujer!

viernes, 12 de febrero de 2010

GIRA LA MENTE

“Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidar es el difícil para
quien tiene corazón”.
Gabriel García Márquez

Gira la mente tejiendo amapolas
de despedida.
Agoniza la tarde en el silencio
de la oquedad.
Y miro.
Miro
y vuelvo a mirar
la silla sedienta
de tu aroma,
humores desnudos del frío en la alcoba,
hundida en la niebla
de la soledad.

Mi grito rebelde retumba en las rocas
buscando tu huella
en la arena del mar.
Y olvido.
Olvido el olvido,
olvido sentencias,
olvido maitines lamiendo tinieblas,
ocasos de estío
con frío invernal.

Cenizas de un sueño quemado en jirones,
recorren verandas
de sinceridad,
querencia y lamentos
de un tiempo imperfecto,
silente y sonoro;
orgasmo y tormento
en nubes heladas
del verbo amar.

Emergiendo sirenas
de tu eco en mi estela,
se posan, sagaces,
en las sinfonías
de aquella orfandad,
y en lenta agonía,
elegante y altiva,
imploran vehementes retorno al lar.

Y sé,
sé con certeza ardiente en mi esencia
que el tiempo pasado,
violento o pausado,
no torna ya más.